martes, 25 de junio de 2019

Ni una sola cana


«Comienzas a tener “una cierta edad” cuando caes en la cuenta de que un día más es, irrevocablemente, un día menos. ¡Gran descubrimiento, molesta constatación!». Marcos Ordóñez, “Una cierta edad”.


Ahora que me he aprendido casi todas las canciones de mis listas de Spotify, me ha dado por los podcasts. Con el 20% de energía restante que me quedaba después de la noche de San Juan, cambié las mil excusas que me amarraban a la cama por unos cuantos motivos -entre ellos, el sol -, disfracé el olor a humo con mascarilla y salí a seguir explorando esta ciudad, que a veces me pone contenta y otras me hace feliz (otro motivo que derrotó a la resaca).
Metí en la mochila mi libreta de hojas blancas y un bolígrafo, porque, cuando duermo poco, divago mucho más. Tengo resacas creativas y es porque mi cerebro no conecta bien los conceptos que tiene automatizados. En realidad, esto suele ser siempre así, porque si tengo una inteligencia seguro que no es la lógico – matemática. Por eso, después de haber trasnochado, llevo siempre encima este escupidero de pensamientos encuadernado que me traje de Egipto.
Iba escuchando el podcast que menciono al principio de este texto. Alguien dijo que, a partir de cierta edad, caminas entre dos lugares, el presente y el pasado, que continuamente te va la memoria hacia atrás y ahí están ellos, los que se han ido. Yo imaginé a un montón de gente, los que se quedaron en donde pertenecían, saludándome desde abajo y mirando con ojos de nostalgia. Otra vez me di cuenta, no eran un montón de personajes secundarios, era yo saludándome, o despidiéndome y la verdad, me alegro de haberme visto multiplicada y a pequeña escala, como mera observadora, como si las vidas que ya no son mías fueran ya pura ficción. Recuerdos en diferido. La memoria, de hecho, es pura ficción porque ¿quién se puede fiar de los recuerdos? Reconstruimos el pasado a nuestro antojo, magnificamos los buenos y eliminamos los malos para que no se nos haga tan insoportable el paso del tiempo. Esto no es algo que a mi me agobie en particular, será un acto de rebeldía sin causa, o que he vivido tan deprisa hasta ahora, que mi alma no ha tenido tiempo de envejecer y entonces voy a destiempo. Mi reloj biológico es de arena y verlo medio vacío es, en este caso, una señal positiva de que lo estoy haciendo bien porque hace caer un suave hilo hacia el otro lado con mucha calma y sin derramarse. No se si hacerlo "bien" o hacerlo "mal" es hablar con propiedad pero, desde luego, lo estoy haciendo “yo”. Sigo siendo mil veces más feliz tirándome a reír en medio de la plaza del ayuntamiento (aunque no entienda los chistes a la primera) que ponerme a hablar de hipotecas. Será por eso que no me he encontrado ni una sola cana.

Radio 3, Efecto Doppler: http://www.rtve.es/alacarta/audios/efecto-doppler/efecto-doppler-cierta-edad-marcos-ordonez-22-04-19/5159829/


domingo, 31 de marzo de 2019

Disparan aguarrás.


Son las 21 de la noche y suenan las campanas que lo anuncian. Vivo enfrente de un campanario y me gusta mucho el toque que le da a las ventanas de mi casa, como si fuera un cuadro realista. La última vez que mi padre estuvo aquí, me dijo que le parecía bonito que le resultase bohemio un lugar donde otros podrían ver un muro.
Un amigo que es artista me comentó hace poco que estaba bastante indignado porque en la universidad de Bellas Artes se le enseñaba a citar, a tener un discurso pensado para convertir la obra en el nexo de conexión entre él y el público. Decía que no entendía por qué lo interesante de sus pinturas tenía que ser lo que el autor había querido expresar. Tal vez en el fondo es miedo a pensar por uno mismo.
Ayer estuve a punto de usar este blog como escupidero de desdenes, porque a veces me ofende que me juzguen, pero después le echo un vistazo a la vida y pienso que está tan bonita en forma de cuadro bohemio que quizás me la quieren emborronar por envidia. Hablo de preguntas lanzadas a discreción teñidas de aguarrás para disolver bien la pintura, cuando ven que mi obra es extraña porque a mis 30 no pinto bebés con cara de ángel o paisajes bucólicos o bodegones de fruta disecada a la que apuntan líneas de fuga dentro de un salón donde el resto es sombra. Tampoco enmarco fotografías de dos que sonríen mientras ilumina el flash y después se quitan los palillos que les sujetan las comisuras de los labios para fingir mejor. Miro a mi alrededor y pienso que quien se obliga a querer a alguien solo intenta paliar lo insoportable que se resulta a sí mismo.
Los domingos vuelvo a casa por carretera, me gustan los 45 minutos que me regala de tiempo para hacer limpieza en todas las habitaciones de mi cabeza. He insonorizado las paredes, para dejar de escuchar las voces automáticas que pretenden que me resigne, como sirenas atrayendo a un marinero que conoce bien su rumbo pero se deja llevar por el canto y acaba contra las rocas. También hay un suelo radiante que me provoca mi propio calor y un hilo musical que mi amigo indignado me ha ayudado a instalar para que pueda escuchar la música que más me guste.
Estoy pensando que cuando me muera, quiero dejar un testamento con herencias de bienes no materiales, como un puñado de respuestas que sirvan de escudo a todas esas preguntas y – demandas – que te lanza la gente como rocas lapidantes, para que te doblegues a vivir la vida que te marcan. También voy a dejar una paleta blindada con una gran gama de óleos a prueba de aguarrás.
Como espero que eso no suceda pronto, me dispongo a comenzar la cuenta atrás para mi próximo viaje. Dormiré abrazada a mi seguridad para que no me despierten los mensajes curiosos iluminándome el teléfono como bengalas en la noche.

domingo, 2 de diciembre de 2018

Χαλεπὰ τὰ καλά


No me gustan nada los buses, especialmente los locales. Es por eso que siempre voy andando al trabajo aunque llegue con las botas encharcadas y me saquen algún que otro estornudo porque tardan en secar. No es un acto de rebeldía, es que me parece que no hay nada más triste que las caras de la gente sobrevenida por los grandes chaparrones de Galicia. Dicen que somos gente melancólica y lo atribuyen al tiempo, pero a mi el gris me parece un color secundario en este cielo de tonos rojizos. No sabía yo que La Coruña fuera tan cosmopolita, me llaman la atención los turistas en chubasquero que no se quejan del salpicar de las ruedas de coches en el asfalto mojado, más bien les provoca risa. Pienso que es muy agridulce la sensación de que el extranjero en mi país agradezca la lluvia que lo encharca mientras a mi me ponen triste las miradas de los pasajeros del transporte local, como flores pisoteadas. Fuera, me alegran los niños que saltan en los charcos con sus botas de agua, pero siempre hay algún adulto que les arranca la ilusión de un solo gesto. Me doy cuenta de que yo he crecido también porque me matan las ganas de ponerme a salpicar pero soy yo misma quien me interrumpe. 
Así una breve descripción del contexto que además deja entrever mi estado de ánimo. Procuro ser siempre positiva y hasta ahora me las he arreglado bastante bien. Tengo el convencimiento de que querer es poder cuando se trata de uno mismo, que uno comienza a ser feliz cuando decide que ya no quiere estar más triste.
Un par de veces tuvieron que echarme una mano dos desconocidos a quienes siempre acabé hablándoles de ti, de la rabia que tanto me ataba y que aun dolía y de por qué todo lo que me atrae tiene que ver con la dominación, una más psicológica, más desafiante, sin cincuenta sombras ni habitaciones rojas, una algo oscura, dentro de mi, intangible e invisible. Supe que algo está cambiando porque ahora tiene los ojos muchos más claros e iba a decir que la mente mucho más abierta, pero diré que lo está de par en par. Y me siento ahora como una adicta al alcohol sedienta, de repente, de agua con gas. No puedo decir que se hayan disipado mis rincones oscuros o que no tenga recaídas pero es posible que esté en la fase de aceptación de un duelo cuya ira se alargó más de lo previsto. Hoy, por ejemplo, es dos de diciembre y hace más o menos un año de aquel plan – otro viaje que cayó en saco roto- y vuelvo a confiar en mí, en mis decisiones y en que todo está escrito, en que todo está maktoub.
Procuro seguir viajando y es por eso que tengo la cuenta de ahorros bastante irritada, pero hago caso de mi abuelo que continua diciéndome que “la vida nunca sobra” y me lo gasto todo en aviones, aunque el dinero tampoco sobre. No es que no importe el destino pero en los aeropuertos encuentro siempre mi droga favorita, que además es la única a parte del café. Siempre me preguntan si voy sola o llevo acompañante y la respuesta sigue siendo la misma. No es que haga un año este diciembre que no haya vuelto a hablar con nadie, si no que todas las palabras que he intercambiado se han quedado en el aire, o vuelto hacia mi como un boomerang porque dan contra una pared. Y prefiero volver y escribir en mi blog que seguir queriendo meterme en relaciones de muertos cenantes, de los que comen sin saborear y hablan de nada con la cabeza en el teléfono. Quizás soy yo, o que está el listón demasiado alto en mi terreno, pero al menos el interés ha cambiado de forma. Por las mañanas últimamente no sé muy bien a qué jugar que no sea la espera, aunque las cosas más bonitas son las más difíciles de conseguir “Χαλεπὰ τὰ καλά “.

lunes, 12 de noviembre de 2018

De Tailandia y otros viajes.


Me gustaría poder hacer una descripción de lo que es Tailandia a través de mis ojos. Podría describir más a fondo las calles preparadas de Bangkok para el turismo: un montón de transeúntes que viajan al país para hacer lo que el suyo jamás harían. Observo a una pareja en sus cincuenta y muchos invitando a cenar a una niña que dudo haya cumplido la mayoría de edad. Todos sonríen y siguen bebiendo. La camarera se pega a la mesa para asegurarse de que la fiesta no termina. Todos saben que, desde luego, no acabará ahí. La pareja parece tener el dinero suficiente para comprar fantasías que en su casa fingirían no imaginar. Miran mientras hablan el escote de la niña, largo hasta mas allá de su dignidad, que muestra el camino a seguir. Yo me fijo en sus ojos, creí que hablarían de miedo, o de infancias perdidas, o de una especie de asco hacia el destino – que no sé si le vino escrito o si se lo reescribieron al gusto – pero sólo veo vacío.
La ciudad parece avanzar a un ritmo más acelerado que el del propio tiempo, como ajena a las escenas turbias que protagonizan personas de avanzada edad con chicas en presente, de pasado masculino singular.
Nos movemos en tuctuc, es rápido y barato y nos permite vivir las calles con el viento en la cara. La humedad es pesada, y el aire espeso y nos viene bien la velocidad sin ventanas. El conductor se mueve entre los coches casi sin mirar, con la mano izquierda en el volante y la derecha en el teléfono móvil. En el mismo carril, hay tres coches intentando adelantarse y nuestro bólido pasa entre ellos casi rozando a ambos lados con los turismos. Casi, porque la gente local sabe fluir entre el tráfico y es por eso que no presencié ni un solo accidente.
Hemos visto varios templos, pero reconozco que no puedo hablar sobre ellos porque no presté demasiada atención a los detalles históricos. Estéticamente, todo me pareció luminoso, detallista, casi rococó, brillante, cada figura hecha con paciencia. En realidad me pareció que la arquitectura no iba muy acorde con la personalidad de los propios tailandeses, reservados y amables. Es algo triste, según se mire, que la amabilidad fuera una característica suya que nos llamase tanto a todos la atención. Quizás sus templos tan megalómanos tengan que ver con lo grande de su alma, que es a lo que dedican todo su culto.
Tailandia trató de emociones. Como siempre, cuando los sentimientos laten fuerte, todo lo demás es puro atrezzo. Me descubrí otra vez, sabiendo que si no me dejaba caer al vacío en este viaje, como hago con todos los demás, carecería de sentido. Dejé que me llevase por delante para que saliera a flote todo lo que la rutina deja hundido pero que sigue luchando por salir. En nuestra vida diaria enterramos los demonios con horarios, papeles y demás artilugios que en los viajes quedan fuera de la maleta para darles un respiro. Es necesario que salgan a ver el sol, que se liberen y nos liberen a la vez.
Fíjate, te vi de nuevo, en una escena que me resultó familiar. Sigues siendo una mancha negra que me tiñe de luto tapándome la sonrisa de vez en cuando. Supe que no te irías del todo mientras haya tanto de ti en mi. También que los países del sur, con sus calles caóticas y desordenadas, me llevan de vuelta a la medina.
Es importante viajar con billete de vuelta a uno mismo. Otra vez lo supe: que la ciudad irá en mi siempre. Yo ya lo sabía, desde hacía muchos sueños atrás.

domingo, 23 de septiembre de 2018

La ciudad irá en mí siempre.


Suelo escribir en positivo, o al menos terminar un texto en positivo, porque creo que la vida es bonita. Siempre lo fue, pero se llenó de polvo porque la dejé descuidada en mi trastero de despropósitos. A veces el síndrome de Diógenes no nos permite dejar paso a lo nuevo. Me ha costado un par de años de limpieza general y mucho barniz pero ahora veo que el resultado es mejor que la versión original porque, al restaurarme la vida, me veo también un poco más sabia.
Puedo decir, sin lugar a dudas, que he recogido cosas buenas por donde he pasado. No he viajado para huir de problemas, ni buscar soluciones ni matar demonios escondidos. Yo solo quise encontrarme en una eterna búsqueda de un lugar de calma. Ahora está muy claro. Ya había leído antes a Constantino Cavafis, uno de estos escritores con los que te cruzas por sorpresa por internet y te revelan una verdad a la que agarrarte en el momento preciso: “No hallarás otra tierra ni otra mar, la ciudad irá en ti siempre”. La descubrí justo antes de marcharme a Nueva York, en aquel agosto demoledor que me dejó en ruinas y me la guardé pensando que tendría sentido algún día. Lo leí en la parte de atrás de mi coche mientras mi padre conducía hacia el aeropuerto con mi madre a su lado. Yo, simplemente, me dejaba ir en ese estado como catatónico, el de asumir, el estado en el que dejas que la marea te arrastre. “Volverás a las mismas calles, y en los mismos suburbios llegará tu vejez; en la misma casa encanecerás… Pues la ciudad es siempre la misma.”.
A mi vuelta ya lo había entendido. Me construí un castillo en la ciudad vecina, uno sin murallas, para dejar pasar a todo el que quiera sin controles a la entrada. Hoy en día ya reconozco a simple vista a quien viene armado y no necesito lanzar bombas, me basta con ignorar.
Siempre he sentido que las ciudades tienen personalidad propia. Quiero a Ferrol, porque es raíces y es mar y es infancias felices y los de toda la vida, el hermano del que puedes hablar mal pero que se atenga a las consecuencias quien lo haga no habiendo nacido allí. Cuánto quise a Rabat... con ella el reloj se paró y sólo en momentos de lucidez me di cuenta de que el tiempo seguía corriendo. Demasiada lucha, el campo de batalla entre mis deseos más fuertes y lo que se espera de mi, lo que me espero de mi, también. Nueva York fue como esa mejor amiga que encontró las palabras correctas en el momento en que más lo necesitaba y además me las regaló para siempre.
Hace unos días, me di cuenta de que Coruña es como viajar. Ciudad – refugio, gente de todas partes del mundo que tengo el gusto de conocer, con historias que tengo el honor de escuchar en primera persona. Es también como leer.
Me he rodeado de gente que abraza el mundo. Gente que, cuando entra por la puerta alguien de Guinea Conakry, ocultando una vida de escaparse y de esconderse, bajo una enorme sonrisa, sólo ve a una persona más. Se la devuelven, le miran con atención, con curiosidad. Entra alguien de Libia, ha sido parte del Ejército de Liberación Nacional. Nuestros ojos se dirigen a el con el mismo respeto. Siguiente, hombre argelino, entra saludando a mi compañera gritando alegremente su nombre y a ella se le olvida todo el trabajo que tiene por delante. Alguien de esta vida que elegí me dijo hace poco que no podía comprender la falta de humanidad.. Que tenemos costumbres distintas, que la cultura es construida y aprendida. Si alguna vez alguien se pone en contra de tu trabajo – me dijo - diles que le pregunten a la persona a la que acompañas… ¿Por qué sonríes? ¿Por qué lloras? Verás que la cultura no juega ningún papel a la hora de hacernos iguales.
Así Italia me pareció inexperta, algo caótica. Londres fue agobio y frío por dentro. Rabat era una lucha entre mis dos versiones, Manhattan una isla multicultural de transición. Paseando por la marina de Coruña, de noche, me recordé caminando en djilaba en las noches del Ramadán. Vi a lo lejos edificios altos y gente viviendo deprisa y me vino una imagen en la terraza de mi edificio mirando Nueva York quedándose dormida (porque lo hace también y tan bien…). Y volvía de mi trabajo que es viajar y leer y pensé que Coruña reunía a todas las ciudades de mis vidas pasadas. Quizás es que me haya reencontrado. Ahora, después de algunos años, tiene todo el sentido. No son las ciudades, soy yo en todas las versiones de mí misma. Soy yo una Pisa caótica, una Rabat intensa, una Manhattan que pasa los días deprisa en medio de mil maneras de entender la vida. Estoy en calma porque no es La Coruña quien reúne pequeñas partes de cada ciudad. Todas ellas soy yo, “la ciudad irá en mí siempre”.

jueves, 2 de agosto de 2018

Un gran paso para mi humanidad.

Esta semana he dado un paso de gigante. Cuando actúo así, por impulso y casi sin pensar, me recuerdo a mi misma en la playa de La Graña, cerrando los ojos mientras cojo carrerilla para tirarme desde el pantalán. Qué miedo, qué vergüenza, ¿qué pasa si…?, ¡que alguien me empuje, o me quedo en el borde!. Lo hago, porque mi amor propio jamás me permitiría empezar un salto y que nunca llegase a aterrizar, aún a riesgo de darme contra una roca.
Lo que para algunos es rutinario, normal, dentro de lo común, para mi ha supuesto un revolver de todo lo que he venido haciendo hasta el momento. Una gran hazaña, a marcar en el calendario, ha sido alquilar un piso en una ciudad en la que llevo trabajando casi un año. No fue hasta ahora que me di cuenta de lo que estaba haciendo en realidad. Un contrato inestable, unas ganas de lo conocido, estar con gente de toda la vida, parar el ritmo frenético de estos casi cinco años de varias vidas intensas dentro de un cuerpo que ya poco aguante tenía y que, con una mochila cada vez más grande, seguía subiendo la cuesta cada vez con más fatiga. Eran estas excusas detrás del mismo miedo a dejar el tren y quedarme parada en una misma estación.
Pero entré y me pareció agradable, familiar. Pasa con las casas lo mismo que con algunas personas, que sientes que siempre han estado ahí, aunque no las conozcas de prácticamente nada. Estaba vacía, pero me pareció que le sentarían bien todos los trocitos del mundo que me pude traer en las maletas, el espejo azul y plata y las mantas y cojines de Rabat, la alfombra del desierto, las cajitas bonitas de India, postales de Nueva York, un poster de “Le Chat Noir” de Francia, muñequitas cubanas y quizás cuelgue en la pared algún taco de recuerdos. Al fin y al cabo, una de las cosas que me hacían daño de la vida itinerante era que nunca podía comprar nada, simplemente porque no sabía donde lo iba a poner.
Hace poco me dijeron, consolándome, que no hay una sola forma de vivir universalmente válida. El mundo que nos rodea nos dice que pidamos hipotecas, que busquemos pareja y tengamos descendencia. Porque si no… ¡qué pena! Qué pena no tener jamás un trabajo “para toda la vida”. La gente mordiéndose las uñas buscando como fin último echar raíces y yo aquí sigo, sintiéndome a veces tan extraña, clavándoseme a veces la no pertenencia, preguntándome siempre a quién se le ocurriría primero eso de querer compararnos con árboles. “Pies, para qué os quiero, si tengo alas para volar”. Menos mal que heredé de mi abuela la buena costumbre de leer, que cada semana hacíamos juntas pedidos al Círculo de Lectores y deseaba siempre con ansia la siguiente aventura. Más tarde, ya metida en el periodismo – que nunca llegué a ejercer por demasiado tiempo- , soñaba con ser corresponsal (de guerra o de cualquier cosa) para ser la narradora de nuevas historias. “Esperando a Robert Capa”, me dejó unas expectativas demasiado altas de lo que debe ser el amor y las relaciones en general. Hasta subrayé en el libro varias frases, que llevo siempre presentes: "Empezaba a necesitar cierta distancia, que él le dejara espacio que a su juicio le correspondía. La independencia profesional era la puerta de su amor propio. ¿Cómo amar y pelear al mismo tiempo contra lo que se ama?." Y esa es una batalla, que aun a día de hoy no he podido resolver y que se ha llevado consigo alguna que otra víctima. Ahora, al escribirlo y rememorarlo, me doy aún más cuenta de lo mucho que me ha marcado esa frase en particular.
Escribiendo me voy por las ramas de este árbol sin raíces, y relleno de pensamiento libre este escupidero de pensamientos que es mi blog. Me siento un poco mejor y pienso en que dentro de poco tendré un espacio propio en el que escribir y leer. No me consuela el “por fin tener” una casa, ni los comentarios de “ya verás como un día aparecerá alguien...” de esa gente que ve el mundo con los ojos amoldados. Yo quiero “En el Camino”, aunque Jack Kerouac (OJO spoiler) me mate congelada en una furgoneta. Si tiene que aparecer alguien, quiero un Robert Capa que vaya y venga porque nos apetece y no por necesidad. Lo que más me consuela es que la maleta siempre estará ahí, que puedo comprar otra si se me estropea y que, si decido marcharme antes de lo estipulado en el contrato, lo “único” que perderé, será dinero.

jueves, 14 de junio de 2018

Parece que va a llover.


En alguna parte leí una vez que la angustia por el paso del tiempo nos hace hablar del tiempo que hace. Esto es, las conversaciones en el ascensor con ese vecino con el que apenas tienes trato, girando en torno a – aquí en el norte – lo cansados que estamos de la lluvia. Al fin, nos paramos en el piso del uno o del otro y viene de repente ese alivio que se siente cuando ya no hay que llenar los huecos vacíos que inundan un silencio incómodo. Agonizantes segundos de miedo a las relaciones interpersonales. Un día estás con alguien en silencio, incluso durante más de 10 minutos y piensas que quizás sea una persona especial, porque te hace sentir cómodo, no tienes por qué decir nada.
En la historia de mi vida a tiempo real, tengo exactamente 29 años, 8 meses y 4 días, pero mientras escribo esto quedan 10 minutos para media noche y en cada palabra un poco menos, entonces será un día más añadido a mi tiempo físico.
Se me viene a la mente aquella historia del buscador, un hombre que viajó a una ciudad llamada Kammir, buscando nada en particular (los buscadores son – somos – gente que entiende la vida buscando, deambulando, pero que no necesariamente estamos perdidos). Allí se encontró con un cementerio precioso y se acercó a leer algunas de las inscripciones de las tumbas. De repente, se quedó conmocionado porque cada una de las lápidas estaba inscrita la fecha de nacimiento y muerte de quien allí yacía y ninguno llegaba a sumar once años. Pensó que eran tumbas de niños, niños demasiado pequeños para haber siquiera llegado a saborear la vida.
Apareció el enterrador para enseñarle otra realidad. Los años son la suma de cada momento intenso de felicidad que cada una de las personas allí enterradas había vivido. Fallecidos de 89 años físicos pero 11 años emocionales.
Miro hacia atrás, observo mi vida de manera global. Pienso en las cosas que me han hecho explotar de adrenalina… Los aviones que he cogido, de los que ya he perdido la cuenta, la vez que acabé en Rusia queriendo llegar a Nueva York o cuando crucé de Bratislava a Praga en tren sin entender una palabra porque no tenía el bolsillo para vuelos directos… Mis tormentas de arena llenas de dudas resueltas en mares de abrazos, mis idas y venidas entre el sí y el no, me quedo y me voy… Un par de cumpleaños sorpresa y sonreír sintiéndome querida. Una postal desde el otro lado del charco y otras desde el norte y el este del mundo. Regalos inesperados. Las veces que sonreí al ver a viejos amigos. Un trabajo para el que madrugo con ganas. Mi familia, empuje, apoyo, colchón, amor desbordante incondicional.
Mis momentos de lucidez rescatados por todos los de locura. Que las aventuras hayan valido la pena pero el sufrimiento también. Que las alegrías más pequeñas superen las heridas mas profundas. Este, ese y aquel también. Y saberme dueña de todos mis momentos de total raciocinio y de incontrolada pasión (por la vida, en todas sus acepciones).

Para no perder un segundo de la mañana en escoger la ropa que me pondré, la dejo en la silla preparada la noche anterior. Aprovecho ese segundo que ahorré para echar una pizca de sal en mi tostada de aguacate con aceite de oliva y sumo otros dos minutos que se podrían grabar en mi tumba si muriera en el pueblo de Kammir. No todos los placeres me hacen retumbar el corazón, algunos me vienen en pequeños estímulos que hacen que comience bien el día. Cojo el ascensor, aunque vivo en un segundo piso y voy al gimnasio casi todos los días. La vecina, meteoróloga de vocación, me cuenta que “parece que va a llover”. A mi me gustan los días de lluvia, la melancolía me da para escribir y, si además le pongo al mal tiempo buena cara, tendré otro día más de vida.

sábado, 2 de junio de 2018

Cuba

El viaje se venía gestando desde hacía unos meses pero, como pasa con todas las cosas que se esperan con ansia, nadie se acababa de creer que fuera realmente a ocurrir. Pero febrero nos montó a los 20 en un avión rumbo la isla. Casi diez horas de vuelo y unas tres películas para matar el tiempo después, llegamos a La Habana.
El ambiente del aeropuerto era caótico, una larga espera para recoger el equipaje y nadie poniendo orden. Propio de los países del sur, en el que la potencia del sol hace creer a las personas que la prisa mata. Sin embargo, el bus que nos debía llevar al centro había sido puntual y rápidamente nos pusimos camino del hotel. La gente mirando por las ventanas, sacando las primeras fotos a los descapotables de todo tipo de colores chillones, reliquias americanas de los años 50 que en Cuba llaman “almendrones”.
Primera subida de adrenalina: el hotel estaba justo al pie del Malecón: olor a sal, música, gente bailando en la calle, chanclas y vestidos ajustados. Aquello era real, pero parecía una vuelta al pasado.
Ya era de noche y el cansancio del viaje nos tumbó enseguida, aunque el jet lag nos despertó cuando el resto de la ciudad dormía aún. Separamos las cortinas, abrimos las ventanas: edificios de colores, pintorescos, llamativos. La primera vez que salimos a la calle nos invade una sensación que ronda entre el entusiasmo propio y el que nos contagia la gente- y la pena de lo que todo aquello fue en su época y que ahora cae a pedazos.
La Habana está formada de muchas partes del mundo, aunque ser español parece una ventaja: “¡Ah, españoles! ¡Bienvenidos, ustedes que vienen de la madre patria!”. Todavía se nos hace raro que nos traten de ustedes cuando nos sentimos ya tan cercanos. El barrio de Miramar, que tiene su 5º Avenida, plasma los contrastes sociales y económicos y alberga la mayoría de las embajadas. Pero la presencia de Galicia, está aun en pleno casco histórico. En el Rosalía de Castro se puede disfrutar de conciertos casi cada noche cenando un arroz moro con camarones. Pero la estrella es, sin duda, el Centro Gallego, majestuoso, hecho en mármol, levantado por miles de emigrantes gallegos a los que hoy se les quiebra la voz recordando su historia, su unión de sangre con el país. Sede del Ballet Nacional de Cuba, en él habita además el Gran Teatro de la Habana y una escultura casi viva de Alicia Alonso lo llena de emoción y buen gusto.
Pero lo que enamora de Cuba no son sólo sus colores o el ambiente tropical, que a pesar del calor aplastante pone a cualquiera de buen humor, si no sus habitantes. Gente que no tiene posesiones, pero que sonríe a la vida -de hecho, quizás precisamente por eso-. Una siesta en el campo, estar sentados a la sombra de un árbol, un trago de cerveza “Cristal” bien fresco y un poco de salsa. Una se sentía casi estúpida por esas frustraciones que provocan el que no te de el sueldo para el último modelo de teléfono Apple y quedarse así fuera de onda. Problemas del primer mundo. De allí, nos llevamos una lección que seguro olvidaremos cada día pero que tendremos presente. Nos la enseñó una madre que iba a por tickets para el último cartón de leche que le correspondía ese mes: “Escuchen, la peor maldición del hombre, aquí y en cualquier parte del mundo, es el dinero.”

domingo, 15 de abril de 2018

La vista atrás.

No tenía demasiado claro adónde iba, aunque tampoco lo tengo ahora. Cumplía 24 años y era la segunda vez que decidía marcharme a otro lugar, que resultaba ser de nuevo Inglaterra. El viaje había surgido de un día cualquiera en una conversación a las 4 de la mañana en un desván. Fue de estas cosas que dices y que parece que lanzas al aire al tuntún pero por dentro sabes que podrían hacerse realidad. Y de repente, ahí estás, en la página de Vueling. En un 23 de septiembre de hace unos 6 años empezó la aventura de todo lo que está escrito. Las cosas fueron cambiando pero es bonito girarse hacia el pasado a veces para recordar lo que se tuvo y pedirle al futuro más y nunca menos. Ya que estamos, haré un guiño dando gracias porque por aquel entonces todos los días cualquiera eran en realidad extraordinarios. Tener en cuenta mi pasado ha condicionado mi presente. Pienso muchas veces en todas las vidas que  no escogí. Podía haberme quedado en un eterno Hollydale Road, la vida era bonita aunque me levantase a las 4 de la mañana para hacer camas en el Hilton o fregar los platos de pijos ricachones. Al final, fueron lecciones de humildad que me han llevado a ser quién soy. Podría haber seguido en Tánger y levantarme a desayunar en aquella enorme terraza de una casa en la que vivía sola porque me lo podía permitir. Y ver Tarifa desde allí y ser consciente de lo injusto que es no poder elegir donde naces, pero tampoco dónde quieres vivir. Hoy trabajo para que esas fronteras se acorten un poco más, aunque sé que solo ponemos tapones.
La chica que caminaba hacia el Bill's en su 24 cumpleaños no sabía que del norte viajaría al sur y se enamoraría de un país que no era el suyo y de alguien que no era para ella. Pero en los tiempos de la foto ya tenía un país propio que le abría la puerta al llegar del trabajo. Seguro que precisamente esos detalles guardados en su corazón le impidieron años más tarde quedarse atrapada en Rabat, casarse, vivir en un amor con barrotes invisibles, pero palpitantes. Menos mal que la chica que vivía al otro lado del estrecho se acordó de que no era ese amor, el que le habían enseñado. Y entonces, aquello que casi se hizo realidad, se convirtió en otra vida que no eligió, escapando rumbo Nueva York con mil nostalgias y dudas en la maleta y pensando que todo aquello estaba escrito. Tiempo después, se grabó el destino en la piel para nunca perder la confianza a manos de uno de los pilares que sostuvieron sus decisiones importantes, desde el recuerdo-otro guiño de gracias-.
Hoy, mirando esta foto, recuerdo que el futuro es siempre demasiado incierto para planes, pero que la memoria del corazón hace grandes las experiencias del recuerdo para que podamos sobrellevar la incertidumbre y confiar en que lo haremos bien. No podía saber de aquella todo lo que vino después, ni lo feliz que he sido ni lo que he sufrido tampoco, pero hoy me siento en paz. Tan en paz que ya no tengo ganas de hacer maletas, ni se me hace un nudo al mirar atrás. Hasta le he perdonado. Me he perdonado.

viernes, 26 de enero de 2018

Kintsugi

Fue él quien me lo dijo, que no contase nada a nadie, que guardase para mí todos mis secretos, que cuidado con los ojos de la envidia. Que todos poco y nada nadie, que al final estás sólo. La culpa, por supuesto, fue mía, porque estaba empeñada en que me quisiera y al final lo conseguí. Con el tiempo llegué a entender -y hasta hace unos días lo había olvidado- que existen personas que sólo viven el amor por la boca. Y al final, ese “nadie”, era él.

Es un don y una desgracia, actuar como si todos pudieran sentir y percibir al mismo nivel. La cara A, un rato antes de acostarse, pero poner en activo la B para moverse entre la gente. Los hay que jamás podrían morir de pena o doblarse la vida de felicidad. Estos últimos nos duelen, pero matándonos nos nacen y volvemos a la vida conscientes de la suerte de poder sentir con tanta fuerza y saber así que estamos vivos.

Pasaron las cosas que tenían que pasar, y tanto luché contra lo que la vida me decía que al final me obligó a dejarme llevar. No hubo remedio, tuve que creer en el destino y cobró tanto significado que me lo grabé con tinta en la piel para mirarlo a los ojos cada vez que pierdo la fe, la única digna de confianza, en la atrevida aventura de vivir por encima de lo corriente.

Poco encuentro en Europa que me sea de utilidad para cuando intento ponerme a escribir. Pero una amiga me recordó hace poco la cultura japonesa, como podría haber sido cualquier otra que se cultive por dentro -en occidente fabricamos relojes a toda prisa y de todas maneras no tenemos tiempo para pararnos a pensar. Leyendo encontré “Kintsugi”: el arte de reparar objetos rotos, uniendo las grietas con oro. Nuestras historias, el pasado, pero sobretodo la manera de afrontarlo y repararlo, nos enaltece. Nuestra fragilidad, después de rota, se puede hacer fuerte y bonita. 


domingo, 27 de agosto de 2017

A ellas.

 Cuando llegué a Nueva York no podía ni imaginarme la suerte que iba a tener. Este post no va a ir sobre la nostalgia de lo que dejo atrás ni va a ser tan triste como la despedida que le dediqué a la última vida que decidí cambiar. Este post quiere ser alegre, por vosotras, por la ciudad, por un año de risas y a veces también de penas bien llevadas porque nos teníamos de soporte. Construimos una familia, fuimos un puzzle, el equilibrio perfecto. Un conjunto de piezas bien armadas que siguen casando bien cuando se intercambian. Leyre es la seguridad, vela por que no nos perdamos, por que las cosas se encaucen y que cada plan que hagamos juntas salga bien. Es también un abanico de emociones, que ríe y llora a la vez cuando hace una semana que no nos ve. Es niña y adulta al mismo tiempo y será siempre amiga, pareja, profesional y madre algún día, todo a la vez sin que nada quede desatendido. Cómo me gustan sus abrazos a las 8 de la mañana, traspasando energía.
Con Patri nunca me espero como voy a acabar el día, ella es ternura debajo del flow. Tiene una imaginación gráfica capaz de dibujar escenas surrealistas a partir de la imagen más rutinaria. Supe que conectaría con ella cuando la escuché tararear la música de Mario Bross al entrar en el metro y me dijo que imaginaba a la gente moviéndose mecánicamente como dentro del videojuego. Ahora tengo otra idea de la gente cuando la miro entrando y saliendo de túneles grises. Patri los hizo verdes y rojos y van al ritmo de la música. Ella pone color a la vida y vida a las cosas y no hay nada que no pueda tener algo de gracia si lo ves a través de ella. Es una perfecta pincelada para un día gris.
Marta, con su inteligencia emocional superdotada, es pura libra. Por un lado equilibrio y sensatez, no hay nada que pueda ser blanco o negro, todo podría estar bien, según lo mires. Es mediadora y juicio justo, ella es a quien acudimos en decisiones importantes o que no lo son tanto, porque es sabia y es temple. En Marta me vi reflejada mil veces, sabe lo que es tener tristeza de todas las vidas que no eligió pero sentir que las decisiones han sido sólo suyas y que las ha exprimido al máximo. Aprecia una buena conversación porque sabe que es lo que se llevará al final y siempre quiere seguir aprendiendo. Ama la vida y se le nota cuando baila y se apodera de la sala entera.

En cuanto a mi, espero haber sido calma. Que no es que nada importe, si no que nada es lo suficientemente importante como para dejar que nos estropee todo lo que está por llegar. Espero haberos dicho cuanto os quiero y lo bonitas que sois las veces suficientes. Porque si algo he aprendido de llevar tantos años una vida itinerante es lo importante de dejar esto claro cada día, para que no llegue un día en el que piense que no os abracé lo suficiente, que no os lo hice sentir de verdad.

Claro que me da pena dejar Nueva York. Es, sin duda, la mejor ciudad del mundo. Todas las culturas reunidas en una sola comunidad. Pero ya no puedo seguir con las despedidas, ya me pesan demasiado y ya no puedo permitirme echar raíces otra vez para arrancármelas al año siguiente y que cada año que pasa se me caiga el alma a los pies. Ya no puedo seguir con el oficio de ser nueva en esta o aquella ciudad. Pero si vosotras aun no sentís que estáis lo suficientemente llenas para volver -cada una a donde le pida el corazón- entonces seguid aprovechando cada momento con esa energía que desprendéis y contagiáis, para que sigáis haciéndole la vida un poco más bonita a cada personaje de esta ciudad que se cruza con vosotras. Queréos mucho, niñas, y que os vean bien caminar en esta jungla de cemento que ya se rinde a vuestros pies. Estáis para que tiemblen las aceras del gusto.

Nos comimos el mundo, nos bebimos la vida. Me voy con tristeza, pero qué bonita es en realidad y que horrible sería marcharse sin pena ni gloria.

Nos veremos en una segunda parte, en mi tierra prometida que os estoy deseando enseñar.


GRACIAS.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Las cosas que me cuesta decir.

Paso los controles del aeropuerto y lo hago práctica, automática, metódica. Atravieso el detector de metales bajo la mirada rutinaria del que me inspecciona -es rutinaria, no acusadora ni expectante, la del trabajo diario-. Pienso precisamente en eso, imagino al agente hace veinte años, excitado, nervioso, la seguridad de mucha gente depende de su trabajo. Hoy, sólo es pasividad.

Y así me he visto: pendientes, colgante, reloj, cinturón, zapatos. No lo pienso, es igual que todas las veces anteriores, y paso el control sin que ninguno de los dos nos dediquemos una mirada. Entonces escucho a los chicos de atrás, sacos de nervios de unos 18 años: todo saldrá bien, lo hemos organizado, líquidos aparte, tiempo de sobra, seremos los primeros en la cola de la puerta de embarque. Los miro un poco más tarde, en el instante en que llaman para que comencemos a entrar, pero yo estoy sentada. No me molesto en levantarme. Recuerdo cuando cogí un avión por primera vez, el aeropuerto era una ciudad con entradas y salidas a varias dimensiones, gente de todo tipo cruzando a destinos que imaginé recorrer uno a uno. Pasaba el control nerviosa, la mirada rutinaria era para mí acusadora y por supuesto era la primera en la fila, como si eso fuera a aligerar el tiempo.

Hoy de nuevo pendientes, colgante, reloj, cinturón, zapatos, sentada en los bancos de la puerta de embarque, no pienso molestarme en arrastrar la maleta durante toda la cola. Y ahora me pregunto si, perdida la adrenalina, sigue mereciendo la pena. Una de las cosas que me cuesta decir.
Aquí estoy, sentada esperando ocho horas de vuelo. Menos mal que me acordé de coger la libreta que reza “la vida puede ser maravillosa” que me regaló mi hermana para que no se me escapasen los momentos de inspiración, o de alegría extrema, tristeza extrema, melancolía, o cualquier sentimiento que me dé ganas de escribir. Ella, entre las personas que me conocen de verdad.

Vuelvo de diez días en casa, de empaparme el corazón y de lluvia en el pelo. Olía a hierba fresca, recién cortada, y a eucalipto. Todo era diferente esta vez, aunque igual. El zumo de naranja de por la mañana, mi madre preparándolo todo a la perfección aún con los ojos cerrados y mi padre viéndonos sin tener que mirar. Por la piel de mi abuelo se acumula cada vez más el tiempo, pero en sus ojos se puede ver cómo abraza la vida. Y a nosotras como si nunca hubiéramos crecido.
El muelle, ese escenario con un cielo que nunca es gris, si no azul oscuro, amarillo, blanco y rojo, todos a la vez dan la impresión de que va a llover, pero nosotros sabemos que no. Sabemos cuando aguanta y cuando va a explotar, porque lo tenemos interiorizado de toda la vida. Como sabemos en qué playa hará viento y en cuál se va a estar bien o cuando está subiendo y bajando la marea. Reconozco mi acento y sé de qué me habla la gente cuando menciona cosas que solían estar y personas que ya se han marchado, pero que eran “míticas” en esa ciudad -que no pueblo- en el que se supone que perder es lo normal.

Quizás haya sido también diferente esta vez porque sin esperarlo, aunque sin haber dejado de pensarlo nunca desde que me fui, cambió la banda sonora. Escuché en bucle el primer CD de Dover y también Coldplay entre baños de espuma. Me sorprendió una selva de monos rotos, peces y conejos de chocolate que me hicieron temblar la boca y la vida como si el tiempo se hubiera detenido en aquella tarde-noche en la que me bañé en el mar a pesar del frío y todo cambió de repente. Otra de las cosas que me cuesta decir, sobretodo a kilómetros de distancia.

Yo pude escapar pero, muy al contrario, he prometido volver y quizás note en la piel de gallina que se me pone con la canción de los limones que sonaba a última hora del West Saloon, que quizás vaya siendo hora. Soñar muy fuerte, ir y venir, darse cuenta de que el paraíso está en el origen. Donde se acaba el mar.






viernes, 10 de marzo de 2017

Nueva York no me pregunta quién soy.


¿No te resulta difícil cambiar de vida? ¿No te preguntas cómo sería tu vida paralela? Me preguntaba ella, una de ellas, de las que hacen que ir a trabajar no sea una carga. Pensaba mientras hablábamos en aquelarre, a veces para emocionarnos y otras para reírnos hasta llorar. Me hacía esa pregunta suponiendo que iba a entenderla, porque yo también he hecho y re-hecho las maletas una y otra vez. Imaginaba su vida en Roma, con su núcleo duro, probablemente compartiendo un par de copas. Bruselas, con el que creo ha sido el amor de su vida, Madrid, casa, el calor de los padres por los que hoy deja caer una lágrima. ¿Dónde están todas esas chicas? ¿Sigue una de ellas paseando por el Retiro?

“¿Cómo vivir tantas vidas sin tener que morir tantas muertes?” Alguien, pensando en esto, inventó la palabra “otrarse”, hacerse otro. Otra vez un sólo idioma se me queda corto.

Hay siempre una parte de mi que resiste, pero lo cierto es que me voy amoldando. Vuelvo a casa y re-reconozco la Calle Real, la primera de las vidas, la más fuerte porque es la raíz. En ella me forjé y a partir de ella nacieron todas las demás. Es mi base, la Sara que nació en Ferrol. Nada queda, por otro lado, de aquella de Londres, a parte de una parte de ella que sigue viviendo en una eterna Hollydale Road de Peckham.

Corazón Árabe, me dijo dando en la Diana. ¿Qué es lo que te gusta? ¿Por qué te sientes así? No lo sé. Está dentro. Aun no he podido arrancarme esa mano de Fátima, que encarecidamente me recomendaban llevar siempre al cuello, no fuera que una Chiwafa me echase (o me echare, en futuro subjuntivo) un mal de ojo. Coger ese avión, dejar el Maghreb, aterrizar en Madrid y subirme en aquel bus para continuar rumbo al norte fue como estar en la luz y caminar arrastrada hacia un agujero negro, por mi bien. Fue el ocaso y de repente oscuridad.

Nueva York llegó con su amanecer y creo que le he caído bien. Camino por Astoria y empiezo a sentir que soy parte del barrio. El otro día caminando por Brooklyn me encontré de repente en un barrio judío. No era un escenario, no eran un par de tiendas y gente haciendo el paripé. Era Israel, a pesar de que nunca he estado allí (aún). Fue un viaje a través de un portal tele-transportador, de esos que salen en las pelis americanas. Todo aquí es realidad, no hay Chroma Key como nos quieren hacer creer. Así es. Así lo venden.. Total, que yo miraba perpleja todo a mi alrededor, los hombres con sombreros gigantes de pelo y las mujeres con sus faldas por la rodilla y sus medias color carne. Y los carteles en hebreo, de repente ya no existía el inglés. No era la primera vez, cuando fui a visitar el barrio de Harlem me encontré de repente en algún lugar de África.

Y lo que más me llamó la atención de todo esto, es que nadie me miraba a mi. Yo no sobresalía, como lo haría para mi uno de ellos en medio de la Plaza de Armas. “Mírale, que raro, lleva puesto esto y lo otro y anda diferente”. Esto no pasa en Nueva York. New York City no me juzga, no sabe que en la vida perdí tres aviones, o que soy tan despistada que no oigo cuando me hablan. No sabe que hice el ridículo porque estaba enamorada ni que dejé parte de mi dignidad entre alguna que otra sábana. No es que no lo sepa, es que ni le interesa. Le importan un bledo mis heridas por cerrar y de las que ya no quedan cicatrices. Le cuento sobre mi época de instituto y se ríe porque es agua pasada y eso siempre te da licencia para reírte, ya no importa. No sabe de mi, así que sólo escucha. Me saluda por la mañana al cruzar la calle, a través de la señora que controla el tráfico, a la que nunca he visto la cara porque hasta ahora sólo la he conocido en invierno. Todos los extraños del metro, algunos ya sonriendo mientras miran el móvil, quizás un bonito mensaje de buenos días. Otros con cara de querer cambiar de trabajo y otros van en duermevela aún. De vez en cuando cruzo un par de palabras, procuro siempre sonreír porque sé que la primera actitud que recibes en el día condiciona las restantes 23h 59min. La gente de la ciudad lo sabe, estoy segura, por su natural amabilidad. Para ellos soy otra chica del metro. Para el chico del supermercado, una de esas historias que suceden en Manhattan, pero que también tendrá que inventar de mi una nueva versión.

Nueva York se abre ante mi y no me pregunta quién soy. Y por eso me gusta. Por eso y por la bendita mantequilla de cacahuete, God Bless America por el peanut butter.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Un helado gratis.

Llegue aquí con cara de rechazo, estaba enfadada con la ciudad, con el país entero! Por haberme arrancado del castillo en el que vivía, feliz, como todo el mundo ya sabe. Debía ser realmente palpable porque nunca en la vida me había pasado que me encontrase con gente aleatoria por la calle y me dijeran lo contenta que parecía a simple lectura de algún que otro “post” en Facebook o mi sonrisa permanente en las fotografías. Yo, sonriendo en fotografías, con lo que odio mi colmillo torcido con el que ya nací.
Pero Nueva York ha tenido compasión de mi, desde que puse un pie en su tierra, cansada con 60 kilos de maletas -el año se presenta largo y con estaciones muy marcadas, así que una siempre llena el bagage de “por si acasos”-. Cogí un taxi al llegar, porque traía contracturas en la espalda, por todo el peso que cargué, el de las maletas y el que sobrepasa lo físico. Pero el taxista era latino y tenía ese carácter cálido y agradable que tienen las personas que han nacido bajo el sol. La República del Salvador debe ser un lugar fácil para echar raíces. Se sorprendió porque me senté de copilota, no me gusta establecer esa distancia que se supone que se debe mantener en una relación negocio-cliente, cuando de personas se trata y venía acostumbrada a tener largas e interesantes conversaciones en transporte público, así que me até a mi actitud del sur. Me dijo que la ciudad (así llaman a Manhattan, “La ciudad”, como si fuera la única en el mundo, con nombre propio y mayúsculas) me enamoraría y la odiaría a la vez, me daría tanto y me quitaría tanto que al final me costaría marcharme también. Ciudades de tacones altos y mocos negros, tan tóxicas como cualquier relación de las de una de cal y otra de arena.
Llegué a mi hostal -para que se me entienda, porque Airb&b aún no está demasiado extendido- y la cama era cómoda y la luz tenue, así que caí rendida por el cansancio y el cambio de hora.
Al día siguiente cogí fuerzas y me levanté para descubrir Astoria. Elegí hospedarme ahí para buscar piso por la zona, porque investigando en internet parecía lo más asequible-cercano al trabajo. El barrio no está amurallado ni pintado de azul, pero está poblado de gente de todas partes del mundo. No sabía si comer en un restaurante chino, griego, libanés, colombiano.. al final, por supuesto, me decanté por las especias y me senté en un mexicano, uno de verdad, picante con comida, sentí como falsamente se me hacían yagas en la boca. Pero simpaticé con los camareros y el postre fue a cuenta de la casa.
He caído en un piso muy americano, en realidad es una casita, y he descubierto a Jane. Acaba de llegar de Israel, le fascina Oriente Medio, la astrología (me adivinó que soy libra tras 10 minutos de conversación). Tiene 35 años y un gran bagage que nos mantiene hablando durante horas.
Ya he pasado aquí mi 28 cumpleaños. Salió el sol y la temperatura no bajo de 20 grados, sólo durante todo el día 10 de octubre, el 9 y el 11 fueron lluviosos y gélidos. Otra vez, por mantenerme fiel a las costumbres adquiridas, regateé un helado, enseñé mi pasaporte para constatar el día que era, el mio, así que al final me salió gratis. Un helado de yogur -porque me pienso que así no engorda- con mil toppings por valor de 7 dólares (precio por peso de 700 gramos de yogur, chocolate y galletas). Fuí al museo de Historia Natural con gente que me he ido encontrando, es agradable hablar con gente aún virgen en la ciudad, y me di un paseo desde la teoría del Big Ben hasta los tiempos contemporáneos. Pensé: no somos nada. En realidad soy solo un trozo de partícula que un día explotó en el espacio y que aún sigue rotando por el planeta tierra. Pensé que estoy hecha de trocitos de todos los restos de átomos rodantes que voy conociendo y por supuesto pensé en mi lugar en el mundo etc.. qué fácil sería creer en Dios.
A veces, cuando me pongo triste, pienso en mi padre . Pienso en cómo crees tan firmemente que estamos dentro de una cadena de almas que se complementan para crecer por dentro. En cómo me viste con la mía rota cuando volví de Marruecos y me recordaste que estamos en constante evolución, que la vida te lo enseña y te lo pone en bandeja y te fuerza de alguna manera a seguir el camino. Cómo debo encontrar el equilibrio para no provocar accidentes de trenes y desastres naturales cada vez que viajo y cómo es imprescindible desprenderse del apego para continuar. Pero el recuerdo me sigue acechando cada noche y me sigo levantando algo desorientada, como que no sé en qué cama estoy o si hay alguien a mi lado.
Quizás Nueva York me tenga respeto. Quizás si es verdad que tengo que controlar mis energías y se está portando bien conmigo. Regalándome helados, haciendo que su gente me sonría por la calle, que suene música en el metro a las 8 de la mañana porque alguien se ha levantado inspirado tocando la guitarra y me haya depositado en una casa a 7 minutos del trabajo con Jane.

Por todos los regalos de bienvenida, voy a darle una oportunidad.

viernes, 9 de septiembre de 2016

Mil soles espléndidos.

Hoy os contaré una historia. Una historia que ocurre aún en un país de sabores y olores intensos, donde el sol se pone en una explosión de colores que lo inundan entero. Esta historia es mía y una parte de ella está a punto de terminar o, quien sabe, de ponerse en pausa.
Vivo en una fortaleza que se adentra en el mar, aquí la llaman kasba y fue la primera ciudadela que se construyó en la ciudad de Rabat. Sus calles y casas están pintadas de blanco y azul y sus suelos empedrados llevan a un jardín andalusí con vistas al mar en el que ofrecen té marroquí, diferente al resto porque se sirve con menta y prácticamente hirviendo. Ahí desayuno a veces cuando me levanto, como siempre, sin preguntarme qué día hace porque sé que siempre sale el sol. Aquí en Rabat, para mi el cielo está siempre despejado aunque llueva. La gente de las pequeñas tiendas de al lado conversan entre ellos como si yo no estuviera presente: “Es Sara, española, vive en la casa bajo el arco. Ya no es extranjera, que bonita se despierta la Oudaya con sólo verla sonreir”.
Juntando todo el tiempo en una sola unidad, puedo decir que ya he pasado aquí casi dos años sin mirar el calendario, porque en Marruecos la calma de la gente hace que el paso del tiempo se detenga. Yo tengo 27 y este lugar mantiene mi espíritu en un estado de calma que sólo puede darte la infancia. Las calles de la medina se presentan ruidosas, el bullicio se siente, palpita en el mercado donde he aprendido a regatear al ritmo de las llamadas al rezo.
He pasado un mes de ayuno en el que he descubierto la importancia del autocontrol, de cómo el estar en consonancia con el resto del país, que bajo el sol y a la una de la tarde aún no ha probado un sorbo de agua, nos acerca y nos hace fuertes en el objetivo de cumplir 30 días inmaculados y alejados de cualquier sentimiento que pudiera causar placer.
En mi historia hay también una rana que poco a poco fue convirtiéndose en príncipe, con mucho amor y paciencia. Y que luego volvió a ser rana y príncipe otra vez, tal vez simplemente hay cosas destinadas a no ser. Aunque su respiración suene a mi canción favorita y sus ojos tengan el poder de atravesar el alma rompiendo religión y cultura. Los sábados han sido clave, me dijo en un abrazo de los que necesitan de mucho más del cuerpo entero. En sábado nací, en sábado te convertiste en mitad de mi y en sábado te marchas. Cada sábado pasaré por la Kasba y notaré el vacío que dejas.
Al fin, he comprado el vuelo de vuelta a España, caro por retrasarlo cada día con una excusa nueva. Pero pensándolo bien, qué bonito es tener ahora dos lugares a los que regresar, dos lugares a los que llamar hogar. Una segunda familia ha llorado al despedirse de mi, haciéndome prometer que algún día conocerán a mis hijos, sin saber que este país ha creado ya vida en mí, una vida que me llevo al otro lado del mundo, que me hará recordar mientras camine por anchas avenidas de una jungla de cemento desbordada de gente corriendo y gastando dinero, que un día fui feliz sin nada en los bolsillos y lleno el corazón.
La vida no te quita cosas, simplemente te libera. Te hace liviana para poder alzar el vuelo y que puedas seguir viendo, descubriendo, sobrevolando. Esta vez, veré la vida sin peso a través de rascacielos.
Cada viaje en autobús me ha enseñado el poco valor de la propiedad privada. Gente sentada a mi lado partiendo su bocadillo en dos y ofreciéndome la mitad, personas que nunca me habían visto ni, probablemente, me volverán a ver. Era Ramadán, el bus corría porque se aproximaba la llamada al rezo que anunciaría la ruptura del ayuno, pasamos Rabat para llegar directos a Casablanca. Me quejé, sólo yo debía quedarme por el camino pero el hambre y la sed hacen oídos sordos y al llegar al que no era mi destino un grupo de gente me cogió las maletas para sentarme con ellos en un restaurante de la estación e invitarme al desayuno que debía comenzar al atardecer. Esa empatía, esa generosidad, ese trato humano más allá de tu nombre y pasaporte. Eso, ha hecho crecer en mí el amor por este país.


Aquí he visto mil soles espléndidos. Mañana será un ocaso. Pasado, un nuevo amanecer. Y algún día no muy lejano, el sol hará volar de nuevo mis ojos entre el bullicio, las palmeras y el olor a especias.

lunes, 22 de febrero de 2016

Los labios, rojos.


Que quieres en la vida? Me dijo. Y no le supe contestar de manera precisa. Quiero un trabajo estable, que me permita conciliar mi vida laboral y mi futura vida familiar, quiero a alguien que esté a mi lado, tal como soy. Que entienda que puedo vestirme como quiera, desde el respeto, sólo porque ese es mi estilo y porque me gusta el color rojo en mis labios, me gusta mirarme al espejo y pensar que esa persona me dirá lo bonita que le parezco con esa falda de cuadros que deja asomar un poco mis rodillas.
Cuanto tiempo crees que vas a vivir en Marruecos? Toda la vida? No. Algún día te irás. Y mi respuesta salió de su propia boca en forma de recuerdo, como un bucle que se me repite en la vida al igual que las estaciones del año: primavera – verano – otoño – invierno. Te irás – te quedas – elmiedoaquetemarches – seguroqueloharás – te irás – te quedas... Y sin saberlo me veo de repente en el ojo de un huracán que no sé en cual de las estaciones me dejará.
Y continuó: Yo sí sé qué quiero en la vida. Esas chicas que ves, las que no dejan ver un pelo de su cabello, de las que no adivinas la forma de su cuerpo porque sólo los ojos de su marido tienen acceso a el. Una de ellas se convertirá algún día en mi esposa. Es difícil de entender, lo sé, que te dije desde un principio que nuestras culturas son diferentes, pero nunca te he mentido. Mi futura mujer hablará conmigo, veré su sonrisa bajo su velo pero nunca sus labios rozarán los míos, hasta el día en que sus padres me den la bendición y jure ante Dios que seremos sólo el uno para el otro. Esa mujer me dará hijos, le compraré una casa y pagaré las facturas, y cuidaré de ella y ella de nosotros, porque así es como para mi debe ser.
Soy malo, Sara. Soy un mal musulmán. Salgo por las noches y me gustan las chicas. No rezo, porque cuando rezas, mirando hacia donde nace el sol – porque así es como sabemos dónde está la Meca- le estás hablando directamente a Dios. Y yo siento vergüenza. No puedo echar azucar a mis palabras y prometerle que lo haré bien, que se acabó, que le rezaré cada vez que la mezquita me indique las posiciones del sol. No puedo haber bebido alcohol y haber terminado la noche con alguien y después llamarle para que me expíe la culpa. Soy humano, no puedo a veces controlar mis instintos, pero al menos tengo la decencia de no mirarle a los ojos después de haberle sido infiel.
Y así como soy con Allah, intento ser también con las personas.
Vino atendiendo a mi llamada de auxilio, no es fácil tener la cabeza y el corazón en reposo cuando todo escapa a tu entendimiento, cuando por más que doy vueltas alrededor de un problema no lo puedo resolver. La X nunca se despeja, pero en este caso tenía sentido, porque las matemáticas se resuelven con lógica, pero no la religión ni el amor.
La X es en este caso un camino hacia el paraíso, un Edén del que no tengo las llaves porque he nacido en una antesala diferente. Pero hoy me han dejado mirar por la ventana y lo he visto claro. Gente luchando contra si'misma para entrar en el, gente castigándose en vida por los pecados que han cometido, que les alejan cada vez un poco más de esa puerta y si hay algo que los musulmanes quieren en la vida es cruzarla, de la mano de una esposa y unos hijos que, cuando hablan con Allah, lo hacen de manera pura y limpia, desde el corazón.
Hoy he visto más allá desde la ventana del paraíso. He visto más allá de las diferencias culturales, de lo que pueda o no significar opresión, religión, Dios, Marruecos, el Ramadán, las Navidades, comer con las manos o el tenedor. He visto más allá de faldas cortas o largas, de lo ofensiva que pueda ser una minifalda en la iglesia o un Burka en pleno verano al lado del mar.
Hoy he visto una razón en las diferencias, una verdadera puerta al entendimiento, a través de los ojos de alguien que solo intenta ser mejor. He visto que quizás todo valga en la guerra pero no en el amor, que existe un yo interior, forjado a través del tiempo, condicionado por el lugar donde has nacido, que es impenetrable, incambiable, pura esencia.
Hoy me he bajado de un coche llena de paz, la paz que sólo te puede dar una explicación a corazón abierto. Y así, una parte muy importante de este país me dio una vez más otra lección magistral sobre lo complejo de los seres – y las relaciones – humanos.
Metí la mano en mi bolso, teñí de nuevo mis labios de mi color favorito y seguí pensando en mi propio paraíso, en vida.

domingo, 31 de enero de 2016

Qais, Leyla y Las Mil y Una Noches.

El Sultán Schariar había sido traicionado varias veces por su esposa. Tanta era la pena y la rabia que sentía que decretó que cada noche, al atardecer, se casaría con una mujer a la que mataría al día siguiente. Muchas mujeres justas pagaron por las pecadoras, cortadas por el filo del corazón herido del sultán. Almendrados los ojos, como casi todos los hombres árabes. Les nacen así porque vienen preparados para entornarse frente al sol. Una barba de no más de tres días tapaba una sonrisa seductora, casi mentirosa, que al abrirse entre unos labios que, de oscuros, eran casi azulados, llamaba al hipnotismo. Muchas, más de cien mujeres, cayeron en el precipicio mortal por el que Schariar las arrojaba apenas terminaba la noche de bodas. Dos o tres puñaladas terminaban para el con la carga que suponía una traición.
Pero llegó Sherezade. La princesa se sentó aquella noche junto a él y vio algo más detrás de aquel corazón lapidado. Empezó a contarle historias que el sultán no quiso dejar de escuchar. Historias que empezaron a paliar su sed de venganza. Sus palabras comenzaron a llenar los vacíos que la ex mujer de Schariar había dejado lanzándole piedras al corazón.
Aún así, a pesar de las historias interminables de cada noche en su alcoba, el sultán seguía muerto de sed. Pensaba en el modo de acabar con la vida de Sherezade y pensaba también en los siguientes cientos de mujeres que estaban por morir. Se preguntaba cuánto poder podía tener el amor, como para dejar que una sola mujer le destruyera. Y ahí estaba la princesa, frente a el, dejando que poco a poco sus brazos la acogieran haciéndole sentir a él protegido de nuevo. Así, el corazón de Schariar se recompuso al calor de unas manos frías, que normalmente delatan a un corazón caliente.
Las mil y una noches no es la única historia de amor y muertes en el mundo árabe. Las hay también equivalentes a las occidentales, como Qais y Leyla, los orientales Romeo y Julieta, misma historia con igual destino, pero seguro que mucha, mucha más intensidad. Lo que la historia no cuenta y de ello estoy segura, no porque lo haya leído en alguna versión extraordinaria, sino porque vivo en un país árabe, donde la mayoría de los sultanes no abrazarían a Sherezade, porque en sus brazos no habría espacio para sólo una mujer y los Qais no morirían por amor. Seguramente el Romeo de oriente lloraría un par de noches la muerte de Julieta para abrir después su alcoba con acceso gratuíto para todas las bailarinas del vientre que se pasaran por la Kasba. En la historia extraordinaria jamás contada -ya que no sería lucrativa- el sultán mataría también a Sherezade, porque a este lado del mundo si hay algo de lo que los hombres carecen es de paciencia.

domingo, 20 de septiembre de 2015

Llueve en Rabat

Dicen que es a partir de las 2 de la mañana, en nuestra cama, mirando al techo en plena oscuridad, cuando sabemos qué es exactamente lo que queremos. Aquí estoy, escuchando la banda sonora de “Into the Wild”, porque es una película que me inspira a pesar de su final. No son las 2 de la mañana, aún son las 23 de la noche, pero estoy cansada, relajada y esa sería una hora muy poco prudente para alguien a quien no le suelen llegar las horas del día. Es caso es que tal vez aún quedan tres horas y por eso no sé exactamente qué quiero, pero si qué no quiero. Quizás para no acabar tan cansada al final del día sería suficiente con unos grados menos y algunas personas mas, porque el calor aquí al sur suele ser aplastante. Sí, será eso, que sobra calor.

Y tus ruinas sujetas por andamios de excusas. "Me cansé del trajín de los caínes y los abeles, con lo que eso duele, mire usted."

No me gusta cuando llegas e intentas llenar el vacío del silencio que provocaste por no saber enfrentarte, como la mayoría de los hombres cobardes, a una mujer que de haberte sabido bien ... llevo puesto un vestido rosa coral, por llamar a este color de alguna manera. En fin, que acabas de entrar por la puerta y esta hoja de word en blanco que pretendía ser un texto se ha convertido en un cúmulo de desvaríos, aunque no lo vayas a entender.

Dicen que las cosas que amamos nos destruirán al final. Que todo lo que poseemos, lo que sentimos, todo lo que en este momento nos hace felices exigirá su libertad algún día escapando de nuestras manos. Tengo la costumbre de ser yo quien escapa de todo: de lugares, de personas, de músicas que me llevan al pasado... es como tener sed, beber y beber, sin darse cuenta, agua salada.
Esta vez, pienso en “cuando me marche de Rabat”. En la despedida, me imagino abrazando y besando cada uno de los rincones de esta ciudad, siempre  iluminada por muy gris que se presente el día. Y de repente me doy cuenta de que no tiene por qué ser así. Esta vez, podría apelar a la eutanasia. Sería muy fácil ahogarse en esas puestas de sol, que con su sangre tiñe al morir el mar de rojo y naranja intenso. Volverse loca con la música chaabi, convertirme en una más de las personas que se desmayan en las bodas a su ritmo. Podría dejarme fulminar por sus ojos rasgados, negros, tan oscuros que rozan la opacidad y me aislan de su mundo... me dejan en la puerta, en las visitas al cielo, en la terraza del tejado cuando el apartamento está lleno, en los viajes prometidos que nunca llegaremos a hacer. Y detrás de la puerta, el islam, del que aprendo, el que me hace más tolerante cuando llego a entenderlo pero me quema la piel cuando se me mete debajo. Me sienta a veces como un vestido que queda bien en el maniquí, pero que nunca podrá ser hecho a mi medida.
Encuentro lo que me hace feliz y esta vez dejo que me mate, dulce y lentamente. Llueve en Rabat, pero eso no hace de la ciudad un lugar más oscuro.

lunes, 6 de julio de 2015

Mr Tambourine man.

Que sorpresa verte, pasa, volveremos al pasado. Hacia tiempo que no te veía... podemos, si quieres, servirnos una copa de whisky con cola y hielo y dejar que las emociones hablen porque yo, la verdad, no se muy bien por donde empezar.
¿Recuerdas el ultimo consejo que me diste? Que mirase a las dificultades a los ojos para que sean ellas quienes escapasen de mi, que eso incomoda y tu ya sabes que salgo victoriosa en las guerras de aguantar miradas, casi siempre, eso si, mas por orgullo que por fuerza. Ganar es ganar de todas maneras... supongo.
Bajas la mirada, no pareces de acuerdo y no entiendo por que. Has llegado con la piel dorada, el clima del sur te sienta bien. Primera copa, me cuentas que te has casado. Lo había ya intuido por el anillo de oro de tu dedo anular. Así que es rico, es dueño de cuatro empresas avaladas por la propia monarquía, te sedujo con su buena educación, su manera de actuar discreta y sus planes de futuro, con olor a perfume caro.
Sigues bebiendo, tu sonrisa cada vez se atenúa un poco mas. Llega tarde, a veces no llega y te quedas mirando el teléfono como si no sospechases que esa noche no esta dedicada a ti. Llega un mensaje corto, sin vida, muestra la desgana de quien lo escribe, alguien que mantiene su cortesía por mandato de su ego pero desliza los dedos por el teclado por simple responsabilidad: “Hoy salgo”.
A la tercera copa me confiesas que sabes con quien, mas bien con quienes. Me dices que lo ves dormirse con sus nombres en los labios, que las noches en que llega tarde a casa no se acuesta a tu lado por no darte la razón. A ti, que siempre le dijiste que las cosas que deseabas te destruirían al final.
Suena de repente Bob Dylan en la radio y te acuerdas de que un día pudiste ser capaz de plasmar tu realidad con las manos. Dylan tocaba Mr Tambourine y reconociste el sonido de algo en común al entrar en aquella nueva realidad. Supongo que todavía no has podido salir. Olía a verano, a toallas con salitre y a tabaco de liar. Lo recuerdas bien, no era olor a perfume caro, te sentaste como quisiste aunque te advirtió que debías ponerte el cinturón, solo para ir segura. No escuchaste planes de futuro, ni actuó imitando a cualquier galán que intentara impresionarte. Te buscabas, te llevo y te encontraste.
No quería hablarle de ello pero ya que has sacado el tema, buscare la manera de contarle -en forma de de historia, de la unica manera que se y sin molestar demasiado- que todavía me hablas como si fuera el quien hubiera puesto las estrellas en el cielo.



miércoles, 22 de abril de 2015

Haram

As-salamu alaykum. Wa alaykum assalam. Nos saludamos el de la cafetería y yo. Querría un café con leche, nos nos, que lo llaman aquí, «mitad y mitad», literalmente. Es lunes y se me han pegado los ojos después de un fin de semana a caballo, también literal, entre la medina y la playa de La Corniche. Todavía tengo agujetas, pero lejos de dolerme, me recuerdan que aquí puedo hacer en escondida libertad, lo que me apetece, al módico precio que ofrece un regateo bien hecho. Subo el café a la oficina y allí me encuentro con Mohammed, acentuado en la «a», como realmente debe pronunciarse el nombre del ultimo profeta. Nadie aquí sabe quien es ese tal Mahoma que nos hemos adaptado al castellano, quizás por mera facilidad de pronunciación.
Me lo encuentro trabajando en un proyecto de construcción de aulas para una escuela de los alrededores de Tanger. «Tienes que ir y verla», me dice, no sabes lo que agradecen aquí tener un lugar mas en el que estudiar.
Tenia razón. Visité el proyecto de escuela y encontré a unos niños con sed de lectura, abrazando a una profesora que se marchaba unos meses por baja de maternidad.
Hay niñas que llevan el pelo tapado y otras que lo dejan ondear al viento, negro y como hecho de seda. Pero todas, sin excepción, sueltan risitas y se muestran entre ellas mensajes que reciben de novios clandestinos. El Islam les enseña la pureza, les habla de protegerse del hombre, siempre hambriento de carne, que silba al verlas pasar. Pero algo por dentro les incita a responder, mediante miradas de aprobación, la llamada del instinto.
No lo admiten, esta mal, pero como no conocen -en teoría- la hipocresía, se quitan ya de adolescentes el pesado yugo de la cultura - que no de la religión - por la noche, rompiendo el ayuno en un Ramadán extraoficial.
Lo que me gusta de Marruecos no se encuentra en ese blanco roto que cubre a la gente, que abre sus casas en los viernes de rezo y cuscús, ni en los ojos profundos y oscuros de el que me invita a faire la visite du ciel, que pierden su forma de almendra cuando los entorna cuando ríe como quien hace explotar por la boca la felicidad.
Aunque este país, por su fuerza de influencia y sus arraigadas costumbres, me llamen a cruzar el limite de la libertad occidental para meterme en una jilaba que no deje asomar las curvas de lo tabú, a cambio de olor a especias y atardeceres que se anuncian con la llamada al rezo, a mi gusta ser quien soy.
No podría llevar hijab porque no soy digna de el. Beso en publico y lo hago considerando que no es un acto que falte al respeto. No soy alguien que podría vivir para siempre en un país donde se lucha en la calle pero se prohíben los actos de cariño a plena luz. No soy alguien que encarcelaría a un homosexual o dejaría en manos de Dios la decisión de como vivir mi vida. Pero soy alguien que respeta a las personas por ser lo que son, personas al fin y al cabo. Me gusta estar en un sitio donde los protocolos no existen, donde los buses llegan con retraso porque ha habido un accidente en la carretera y el conductor pisa el freno para que todo el mundo baje y ayude. Un sitio donde no existe la indiferencia y todos son hermanos y hermanas, khoyas y khetis. Aunque eso conlleve convertirte en titular de un periódico que se actualiza cada vez que ocurre algo más interesante.
Mi pilar mas importante aquí vuelve a tener nombre de mujer: Aisha. Ecoute moi. Y me escucha bien atenta. Me lleva de la mano por las calles que suenan a secretos escondidos tras las paredes de apartamentos que la gente alquila para las cosas prohibidas, para todo lo que es haram. Porque todos aquí están de acuerdo en que si naces musulmán lo eres para siempre y no se debe perder la costumbre, tan aceptada socialmente como en el plano legal, de presentar el certificado matrimonial si se quiere dormir en pareja tras las puertas de cualquier hotel.