domingo, 10 de julio de 2011


No me reprocho nada y me absuelvo de todos mis pecados
Que por cierto, no son pocos.
Pero cuando me doy la vuelta y se me pegan a la espalda hasta me siento culpable. Por dejarles estar tan cerca para abrir el vacío entre el ahora y el ya nos veremos.

jueves, 30 de junio de 2011

Bittersweet

Sobre las cuatro de la mañana. A esa hora llegué. Y olía a derrota más que a fracaso. Pero qué bien sabía.

miércoles, 29 de junio de 2011

Resaca de lunes.

Hacía mucho que no escribía. Y hoy no estoy demasiado inspirada así que supongo que este texto no está precisamente destinado a ser ninguna maravilla. Pero tengo que intentarlo, porque es la única manera de que el monstruo que tengo dentro no acabe conmigo cuando lucha por abrirse camino entre mis entrañas y sale a golpes de furia y descontrol. El monstruo, a pesar de todo, es un artista. Y como tal está loco. Solo piensa en luchar contra todo lo que simbolice represión. Como artista es también egoísta y un poco egocéntrico. Quiere salir y tira de mi hacia abajo.  De hecho, hace tiempo que he desaparecido.
Normalmente a el le encantan los hombres. Pero no es gay, es que no tiene sexo. Odia a las mujeres por sus tendencias victimistas y suicidas. “Que pobre soy, mira lo cabrón que ha sido X conmigo, voy a encerrame en mi habitación y a pensar que el mundo no vale la pena”.
Pero cuando ve a un hombre, ve muchas cosas. Ve algo sencillo, transparente y simple. Un placer para los oídos cuando te dice lo que deseas, para los ojos cuando tienen la espalda ancha, y en otras ocasiones, para el resto del cuerpo.
Pero los odia también. Odia cuando me hacen dudar de si soy yo quien lleva el control o soy el comodín. Cuando me hace quedar con una veintena y no respondo. No le hago sentir ni un ápice de emoción. Cuando me prueba, me prueba y no reacciono. Odia cuando no me ha dado la orden, tomo las riendas sin avisar y elijo yo. Entonces siento algo, y es en estos casos en los que siempre, siempre, tiene que salir en mi defensa.
Y sigue haciendo que salga a los bares y busque todos los fines de semana en el fondo de los vasos. Pero no queda nada después de haberse derretido el hielo. A veces un consuelo en la euforia del momento. Pero vuelve el dolor de cabeza al día siguiente. Los pensamientos sobre la cama. El vacío.
Y suenan casi siempre canciones de Springsteen, porque sus letras rellenan el vaso incluso cuando el grifo apenas contiene algo potable.
Entonces me siento mejor.

jueves, 2 de junio de 2011

Me cuestiono la precisión del lenguaje cuando se pone a disposición de los hábitos sociales. Un instrumento tan puro, el gran bastón de apoyo en la compleja red de entramados sociales. El arma con la que luchan los escritores contra sus demonios internos. El alivio que traen unas palabras de consuelo a los oidos del herido.
Pero lo convertimos en mentiras. Traicionamos a nuestra boca nada más mover la lengua.
- Me encanta - dice el cínico.
- Te lo juro por Dios- dice el ateo.

domingo, 29 de mayo de 2011


Viaje tras viaje, seguía esperando a que despejase la niebla. Llevo tanto tiempo caminando en translucidez que me he acostumbrado. Y ahora me gusta y veo a través de ella. Con las botas desgastadas, cámara en mano, odio el desenfoque y detesto también la nitidez. A veces querría ser más inocente. Es difícil tratar con este mundo. Dando patadas a las piedras levanto polvoredas de ambición que asustan a los hombres. Nómada, itinerante, cualquier barrote es ya una prisión. Los bancos, oficinas, comida rápida, uniformes, tecnologías inservibles… todo hunde mi espíritu. Transcendental, pero no creo en las utopías. El cuerpo es el recipiente que hay que adaptar al entorno. A veces es mejor la evasión que la realidad, porque esa sí que nunca supera a la ficción. Otra vez me tiro en cama e imagino. Que no soy tan fuerte, que no soy independiente, que me gusta estar en casa, que estoy cansada de andar. Me echo a reir. Esa no es mi vida.

viernes, 20 de mayo de 2011

Un regalo

La vida no vale para nada. No somos nada. Al menos no somos nada más que animales que nacen, crecen, se reproducen y mueren. No hay ningun sentido ni tenemos ninguna misión más que la que nosotros mismos nos encargamos.
Y a pesar de la confusión que pudiera estar provocando con este comienzo, creo que la vida es un regalo.
Sólo por eso, por nacer, por ver nacer a los que llegan, por comer, por poder saborear un gran plato de marisco, por reproducirnos, por poder disfrutar de la causa y después del efecto.
El vino, los amigos, los besos, los abrazos, la playa, el olor de un buen perfume, la lluvia y la tormenta cuando estas en casa tapado con una manta, las risas, carcajadas y las lágrimas de tristeza que te hacen sentir vivo.
Hasta la muerte es también un regalo. Si ella no nos llevara a un final, no tendríamos ansias por vivir. Si una película no tuviera final, no la veríamos con la misma intriga.
Es como el resto de los regalos. Como cuando por Navidad un niño recibe su primera bicicleta. Se sienta, tropieza, cae, duelen las rodillas, mercromina, betadine, incluso a veces hay que darle puntos en la herida. Pasan un par de días, pasa incluso una hora, y el niño vuelve a su bicicleta. Tal vez con más cuidado, tal vez con un poco de ayuda, pero pedalea de nuevo.
Porque los momentos en que ese niño se tira cuesta abajo a toda velocidad, disfrutando del viento en la cara y de la poderosa sensación de ser él quien tenga el control, compensan por más de cien caídas y cien botes de mercromina y betadine.

domingo, 8 de mayo de 2011

Domingo


Algo que me gusta de mí es la capacidad de mi mente para evocar pensamientos o formularse preguntas en momentos no propicios y a veces ni apropiados.
Hoy es domingo. Como cada domingo, me he levantado y el sabor es pastoso. Mi piel aún protesta porque cuando llegué a casa no recordé desmaquillarme y trato como siempre de aliviarla con una ducha de agua a veces fría, como si pudiera hacer que el efecto fuera el mismo.
Después de sentar mi cuerpo a la mesa y pulsar el automático, fuerzo a pinchar un par de trozos de carne en el tenedor, pero mi estómago está enfadado y no me deja comer.
Me tiro en cama y dejo que mi mente se vaya.
Hoy me he preguntado si me consideraba una persona culta, y me he respondido que soy más culta que ignorante, y que la balanza seguirá inclinándose a mi favor conforme vayan pasando los años.
Ha sido un alivio.
Pero los domingos son diferentes. Yo soy diferente los domingos. La inexplicable levitación de mi mente cobra aún más fuerza  y alcanza la categoría de filósofa.
Siempre he creído que los filósofos no son gente inteligente, en el sentido íntegro de la palabra. Entiendo que la filosofía es un conjunto de teorías inservibles para el mundo al servicio de las mentes de los evadidos.
Yo soy así. Me tiro en mi cama y miro al techo durante dos horas pensando en cosas que nada interesan al mundo. Pienso en lo insignificantes que somos y en lo banal que es nuestra vida, y en cómo la noche anterior intenté darle sentido en los pubs, ahogada entre copas y masas de gente. Demasiada gente, y pocas personas.
Pero vuelve la pastosidad a la boca al día siguiente. Y me siento más vacía de espíritu, y me veo en perspectiva, en ese limbo en que me tiene la continua espera hacia ese sabe Dios qué.
Pero vivo. Y actúo en base a mis apetencias, y rezo a los siete pecados capitales, delitos universales, pero sales para la vida. Los domingos de hecho pienso que la vida sin pecado sería un error.
Pero el amanecer siempre me trae de nuevo al lunes y vuelvo a ser un poco más masa. Un poco más “normal”. Un poco más banal.