lunes, 23 de noviembre de 2009
Si eres capaz de pensar en diez segundos todo lo que ocurriria en una hora, ¿Cuál es entonces el tiempo real? ¿Los diez segundos que transcurren en tu tiempo físico o el cuarto de hora que se dimensiona en tu mente? Puede ser entonces que tenga 21 años físicos y 35809 mentales. Y si sabe más un sabio por viejo que por sabio, entonces no me queda ya mucho por aprender.

La naturaleza también tiene mal humor. Pero no puedes enfadarte con la hierba cuando te sientas en ella y te responde tiñendo de verdín tus pantalones blancos, al igual que no puedes ponerle mala cara al mar cuando te moja, a pesar de tus intentos por saltar las olas.
Pero el del mar es un asunto a tratar con más delicadeza. Sabemos que de los cuatro elementos es el que más fascina al hombre, y aun asi, se muestra desagradecido cuando nos provoca más sed cuando queremos saciarla bebiendo de el. Por eso el ser humano no deja de admirarlo. Porque es parte de nuestra naturaleza querer lo que no podemos tener y conformarnos con ser espectadores, de un horizonte que ni la vista es capaz de alcanzar.
Pero te sientes tranquilo cuando ves el mar, lo hueles, o simplemente lo sientes cerca. Será que aunque nos empeñemos en negarlo, lo que impulsa nuestra existencia es pensar que hay un plus ultra, y que si se dejase descubrir, no quedarían más porqués y dejaríamos de tener sentido.
viernes, 13 de noviembre de 2009
Y qué hay de malo en dejarnos llevar por realidades ilusorias, si resultan ser el espejo de nuestras inquietudes, que con empeño y constancia podrían hacerse realidad.
Qué duro es esto de ser una soñadora en un mundo en el que las bolsas de plástico son impulsadas por el viento y las hojas de los árboles caen rendidas ante la llegada del otoño resultan pasar desapercibidas, o son incluso pisadas por zapatos adquiridos para vestir unos pies que caminan indiferentes por el mundo que les rodea.
Qué duro es esto de ser una soñadora en un mundo en el que las bolsas de plástico son impulsadas por el viento y las hojas de los árboles caen rendidas ante la llegada del otoño resultan pasar desapercibidas, o son incluso pisadas por zapatos adquiridos para vestir unos pies que caminan indiferentes por el mundo que les rodea.
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