jueves, 14 de junio de 2018

Parece que va a llover.


En alguna parte leí una vez que la angustia por el paso del tiempo nos hace hablar del tiempo que hace. Esto es, las conversaciones en el ascensor con ese vecino con el que apenas tienes trato, girando en torno a – aquí en el norte – lo cansados que estamos de la lluvia. Al fin, nos paramos en el piso del uno o del otro y viene de repente ese alivio que se siente cuando ya no hay que llenar los huecos vacíos que inundan un silencio incómodo. Agonizantes segundos de miedo a las relaciones interpersonales. Un día estás con alguien en silencio, incluso durante más de 10 minutos y piensas que quizás sea una persona especial, porque te hace sentir cómodo, no tienes por qué decir nada.
En la historia de mi vida a tiempo real, tengo exactamente 29 años, 8 meses y 4 días, pero mientras escribo esto quedan 10 minutos para media noche y en cada palabra un poco menos, entonces será un día más añadido a mi tiempo físico.
Se me viene a la mente aquella historia del buscador, un hombre que viajó a una ciudad llamada Kammir, buscando nada en particular (los buscadores son – somos – gente que entiende la vida buscando, deambulando, pero que no necesariamente estamos perdidos). Allí se encontró con un cementerio precioso y se acercó a leer algunas de las inscripciones de las tumbas. De repente, se quedó conmocionado porque cada una de las lápidas estaba inscrita la fecha de nacimiento y muerte de quien allí yacía y ninguno llegaba a sumar once años. Pensó que eran tumbas de niños, niños demasiado pequeños para haber siquiera llegado a saborear la vida.
Apareció el enterrador para enseñarle otra realidad. Los años son la suma de cada momento intenso de felicidad que cada una de las personas allí enterradas había vivido. Fallecidos de 89 años físicos pero 11 años emocionales.
Miro hacia atrás, observo mi vida de manera global. Pienso en las cosas que me han hecho explotar de adrenalina… Los aviones que he cogido, de los que ya he perdido la cuenta, la vez que acabé en Rusia queriendo llegar a Nueva York o cuando crucé de Bratislava a Praga en tren sin entender una palabra porque no tenía el bolsillo para vuelos directos… Mis tormentas de arena llenas de dudas resueltas en mares de abrazos, mis idas y venidas entre el sí y el no, me quedo y me voy… Un par de cumpleaños sorpresa y sonreír sintiéndome querida. Una postal desde el otro lado del charco y otras desde el norte y el este del mundo. Regalos inesperados. Las veces que sonreí al ver a viejos amigos. Un trabajo para el que madrugo con ganas. Mi familia, empuje, apoyo, colchón, amor desbordante incondicional.
Mis momentos de lucidez rescatados por todos los de locura. Que las aventuras hayan valido la pena pero el sufrimiento también. Que las alegrías más pequeñas superen las heridas mas profundas. Este, ese y aquel también. Y saberme dueña de todos mis momentos de total raciocinio y de incontrolada pasión (por la vida, en todas sus acepciones).

Para no perder un segundo de la mañana en escoger la ropa que me pondré, la dejo en la silla preparada la noche anterior. Aprovecho ese segundo que ahorré para echar una pizca de sal en mi tostada de aguacate con aceite de oliva y sumo otros dos minutos que se podrían grabar en mi tumba si muriera en el pueblo de Kammir. No todos los placeres me hacen retumbar el corazón, algunos me vienen en pequeños estímulos que hacen que comience bien el día. Cojo el ascensor, aunque vivo en un segundo piso y voy al gimnasio casi todos los días. La vecina, meteoróloga de vocación, me cuenta que “parece que va a llover”. A mi me gustan los días de lluvia, la melancolía me da para escribir y, si además le pongo al mal tiempo buena cara, tendré otro día más de vida.

sábado, 2 de junio de 2018

Cuba

El viaje se venía gestando desde hacía unos meses pero, como pasa con todas las cosas que se esperan con ansia, nadie se acababa de creer que fuera realmente a ocurrir. Pero febrero nos montó a los 20 en un avión rumbo la isla. Casi diez horas de vuelo y unas tres películas para matar el tiempo después, llegamos a La Habana.
El ambiente del aeropuerto era caótico, una larga espera para recoger el equipaje y nadie poniendo orden. Propio de los países del sur, en el que la potencia del sol hace creer a las personas que la prisa mata. Sin embargo, el bus que nos debía llevar al centro había sido puntual y rápidamente nos pusimos camino del hotel. La gente mirando por las ventanas, sacando las primeras fotos a los descapotables de todo tipo de colores chillones, reliquias americanas de los años 50 que en Cuba llaman “almendrones”.
Primera subida de adrenalina: el hotel estaba justo al pie del Malecón: olor a sal, música, gente bailando en la calle, chanclas y vestidos ajustados. Aquello era real, pero parecía una vuelta al pasado.
Ya era de noche y el cansancio del viaje nos tumbó enseguida, aunque el jet lag nos despertó cuando el resto de la ciudad dormía aún. Separamos las cortinas, abrimos las ventanas: edificios de colores, pintorescos, llamativos. La primera vez que salimos a la calle nos invade una sensación que ronda entre el entusiasmo propio y el que nos contagia la gente- y la pena de lo que todo aquello fue en su época y que ahora cae a pedazos.
La Habana está formada de muchas partes del mundo, aunque ser español parece una ventaja: “¡Ah, españoles! ¡Bienvenidos, ustedes que vienen de la madre patria!”. Todavía se nos hace raro que nos traten de ustedes cuando nos sentimos ya tan cercanos. El barrio de Miramar, que tiene su 5º Avenida, plasma los contrastes sociales y económicos y alberga la mayoría de las embajadas. Pero la presencia de Galicia, está aun en pleno casco histórico. En el Rosalía de Castro se puede disfrutar de conciertos casi cada noche cenando un arroz moro con camarones. Pero la estrella es, sin duda, el Centro Gallego, majestuoso, hecho en mármol, levantado por miles de emigrantes gallegos a los que hoy se les quiebra la voz recordando su historia, su unión de sangre con el país. Sede del Ballet Nacional de Cuba, en él habita además el Gran Teatro de la Habana y una escultura casi viva de Alicia Alonso lo llena de emoción y buen gusto.
Pero lo que enamora de Cuba no son sólo sus colores o el ambiente tropical, que a pesar del calor aplastante pone a cualquiera de buen humor, si no sus habitantes. Gente que no tiene posesiones, pero que sonríe a la vida -de hecho, quizás precisamente por eso-. Una siesta en el campo, estar sentados a la sombra de un árbol, un trago de cerveza “Cristal” bien fresco y un poco de salsa. Una se sentía casi estúpida por esas frustraciones que provocan el que no te de el sueldo para el último modelo de teléfono Apple y quedarse así fuera de onda. Problemas del primer mundo. De allí, nos llevamos una lección que seguro olvidaremos cada día pero que tendremos presente. Nos la enseñó una madre que iba a por tickets para el último cartón de leche que le correspondía ese mes: “Escuchen, la peor maldición del hombre, aquí y en cualquier parte del mundo, es el dinero.”