domingo, 11 de noviembre de 2012

Las arrugas de Cronos


Paseando por cada poro de mi cuerpo, mis dedos chocaron de repente contra una arruga. Era pequeña, tan insignificante que a pesar de llevar ahí ya una temporada supo esconderse lo bastante bien como para pasar inadvertida. Las arrugas son las marcas de Cronos, enviadas especiales que informan de los años que pasan. Llevan incrustados los días que hemos dejado atrás y nos recuerdan lo efímero del tiempo, siempre cruel, irrecuperable, incurable, perdido. Por eso nos empeñamos en luchar contra las estrías de la piel, los pliegues ya implanchables, los tapamos con planes de futuro, sueños utópicos, fiestas de madrugada y evitamos las noches de sábado en casa. Negamos los horarios fijos, las ciudades-casa definitivas, el saber llegar a fin de mes y las cenas-escenario de conversaciones previsibles con muerte anunciada. Evitamos cambiar el whisky por el vino, los besos calientes con la boca entreabierta por esos cotidianos de labios húmedos y cerrados. Renegamos del terminar el día en la noche y de empezar la vida en el altar. Tapamos las arrugas porque decimos "no" a rechazar a esa pasión que tiñe de rojo el blanco y negro y nos empuja a seguir los días; que nos lanza al vacío sin paracaídas para disfrutar del despliegue de adrenalina que provoca la caída libre; esa que aunque duela al final, aunque nos haga sangrar hasta la última de nuestras venas, nos hace saber que compensa empeñar cien años de letargo por saborear un minuto a la velocidad de una luz que hipnotiza. 


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