Paseando por cada poro de mi cuerpo,
mis dedos chocaron de repente contra una arruga. Era pequeña, tan
insignificante que a pesar de llevar ahí ya una temporada supo
esconderse lo bastante bien como para pasar inadvertida. Las arrugas
son las marcas de Cronos, enviadas especiales que informan de los
años que pasan. Llevan incrustados los días que hemos dejado atrás
y nos recuerdan lo efímero del tiempo, siempre cruel, irrecuperable,
incurable, perdido. Por eso nos empeñamos en luchar contra las
estrías de la piel, los pliegues ya implanchables, los tapamos con
planes de futuro, sueños utópicos, fiestas de madrugada y evitamos
las noches de sábado en casa. Negamos los horarios fijos, las
ciudades-casa definitivas, el saber llegar a fin de mes y las
cenas-escenario de conversaciones previsibles con muerte anunciada.
Evitamos cambiar el whisky por el vino, los besos calientes con la
boca entreabierta por esos cotidianos de labios húmedos y cerrados. Renegamos
del terminar el día en la noche y de empezar la vida en el altar. Tapamos las arrugas porque decimos "no" a rechazar a esa pasión que tiñe de rojo el blanco y negro y nos empuja a seguir los días; que nos lanza al vacío sin paracaídas para disfrutar del despliegue
de adrenalina que provoca la caída libre; esa que aunque duela al
final, aunque nos haga sangrar hasta la última de nuestras venas,
nos hace saber que compensa empeñar cien años de letargo por
saborear un minuto a la velocidad de una luz que hipnotiza.
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