El ambiente del aeropuerto era caótico, una larga espera para recoger el equipaje y nadie poniendo orden. Propio de los países del sur, en el que la potencia del sol hace creer a las personas que la prisa mata. Sin embargo, el bus que nos debía llevar al centro había sido puntual y rápidamente nos pusimos camino del hotel. La gente mirando por las ventanas, sacando las primeras fotos a los descapotables de todo tipo de colores chillones, reliquias americanas de los años 50 que en Cuba llaman “almendrones”.
Primera subida de adrenalina: el hotel estaba justo al pie del Malecón: olor a sal, música, gente bailando en la calle, chanclas y vestidos ajustados. Aquello era real, pero parecía una vuelta al pasado.
Ya era de noche y el cansancio del viaje nos tumbó enseguida, aunque el jet lag nos despertó cuando el resto de la ciudad dormía aún. Separamos las cortinas, abrimos las ventanas: edificios de colores, pintorescos, llamativos. La primera vez que salimos a la calle nos invade una sensación que ronda entre el entusiasmo propio y el que nos contagia la gente- y la pena de lo que todo aquello fue en su época y que ahora cae a pedazos.
La Habana está formada de muchas partes del mundo, aunque ser español parece una ventaja: “¡Ah, españoles! ¡Bienvenidos, ustedes que vienen de la madre patria!”. Todavía se nos hace raro que nos traten de ustedes cuando nos sentimos ya tan cercanos. El barrio de Miramar, que tiene su 5º Avenida, plasma los contrastes sociales y económicos y alberga la mayoría de las embajadas. Pero la presencia de Galicia, está aun en pleno casco histórico. En el Rosalía de Castro se puede disfrutar de conciertos casi cada noche cenando un arroz moro con camarones. Pero la estrella es, sin duda, el Centro Gallego, majestuoso, hecho en mármol, levantado por miles de emigrantes gallegos a los que hoy se les quiebra la voz recordando su historia, su unión de sangre con el país. Sede del Ballet Nacional de Cuba, en él habita además el Gran Teatro de la Habana y una escultura casi viva de Alicia Alonso lo llena de emoción y buen gusto.
Pero lo que enamora de Cuba no son sólo sus colores o el ambiente tropical, que a pesar del calor aplastante pone a cualquiera de buen humor, si no sus habitantes. Gente que no tiene posesiones, pero que sonríe a la vida -de hecho, quizás precisamente por eso-. Una siesta en el campo, estar sentados a la sombra de un árbol, un trago de cerveza “Cristal” bien fresco y un poco de salsa. Una se sentía casi estúpida por esas frustraciones que provocan el que no te de el sueldo para el último modelo de teléfono Apple y quedarse así fuera de onda. Problemas del primer mundo. De allí, nos llevamos una lección que seguro olvidaremos cada día pero que tendremos presente. Nos la enseñó una madre que iba a por tickets para el último cartón de leche que le correspondía ese mes: “Escuchen, la peor maldición del hombre, aquí y en cualquier parte del mundo, es el dinero.”

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