viernes, 4 de noviembre de 2011

Una mujer

En la mano derecha un teléfono y en la izquierda un bolígrafo.
Camina con paso firme y decidido, como reina de los Unos, ella también derriba muros. Atrás, en el pasado, sólo deja cenizas.
La falda muy corta, pasión, y tacones bien altos, a juego con su ego. Salvaje la melena, poderosa, sansonil.
La manera en que viste es también la manera en que expresa su interior. Puede hacer lo que quiera, y lo sabe.
Superficial en su vestidor y profunda descalza, en la playa.
A veces su independencia y egoísmo se fusionan y confunden. No sabe mucho de sentimientos, de esos que explican en los libros y que promocionan en las películas americanas. Esos que dan de comer a las empresas el día de San Valentín. Pero cree haber descubierto ya el amor verdadero: el propio.
Amarrarse, comprometerse... tienen que asegurarle el paraíso entre rejas para meterse en una cárcel por su propio pie. Tiene pareja, o como ellos dicen, son compañeros. Ninguno roza el límite, conscientes de que nunca se llegarán a conocer. Pero están ahí, el uno para el otro. Querer entrar más allá es añadir barrotes. Y ella, sobretodo, tiene claustrofobia. No está sola, pero podría estarlo. Se tiene a sí misma.
Enemiga de Freud, quien asevera que la mujer es un hombre castrado. Cree en la igualdad, pero puestos a elegir, el hombre es una mujer con protuberancias.
Fría y caliente, exagerada y liviana. Egoísta... pero cómo se entrega en el amor y en la guerra.

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