Se sienta a dibujar mientras lo miro desde el sofá preguntándome cuando será mi turno. Pasan los minutos y me inquieta la velocidad con que las agujas los marcan. El aburrimiento de un verano cuyo final aún desconozco hace que mi móvil esté perpetuamente anclado a mi mano a la espera de que, un día de estos, una voz a través de él me anuncie buenas noticias.
Entonces, ya que la parte derecha de mi cerebro no tiene oportunidad, la izquierda toma el mando. Y le miro a él. Y me pregunto porqué no me deja salir de sus manos. Porqué en medio de tantos pensamientos en alto y tanta risa que nos provocan los muertos cenantes (los del estómago lleno pero nada en los ojos), a pesar de ser artista y de verse en mis textos, por más que me busco yo nunca me encuentro en su libreta. Y sé que sólo es a veces, cuando la parte derecha está ahogada en el hastío, que la izquierda quiere quitarse la ropa y ponerse en la piel de Kiki de Montparnasse. Servir de inspiración cuando a ella le falta y convertirse en las ganas en una idea, la motivación en un imposible.
Sigo sentándome de cara a la ventana mientras él dibuja detrás de mi, pero por más que aparto el pelo, mi Man Ray no ve violines en mi espalda.
miércoles, 24 de julio de 2013
viernes, 12 de julio de 2013
Volver
Pero con la frente alta en lugar de
marchita. Volver, y encontrarte con que hasta el tiempo se salta su
costumbre de malhumorar al norte de un país que el resto del mundo
cree siempre soleado.
Vuelvo a reencontrarme con los
personajes principales de mi historia, y descubro que no son ellos
los que cambian si no yo, y que esa es precisamente la razón de que
a veces no los reconozca. Hay días que salgo a la calle y choco al
caminar y no sé si es el sol que me ciega o son mis ojos, que han
olvidado cómo mirar.
Pero basta con la sonrisa que dibuja un
recuerdo conjunto para comprender que, aunque la memoria es
caprichosa y nos hace creer a veces que el pasado no vale nada, que
nuestro cerebro es materia y la materia se deshace, el corazón
almacena. Basta con tres baños en el atlántico y un par de tardes
felinas para volver al origen, para tener fe de vez en cuando en que
no somos sólo figuras que se desplazan en el espacio y que se
deterioran con el tiempo. Que existimos, pero también somos. Y que
volver al punto de origen es también un estado mental. Un estado
neutro, donde la memoria te da una tregua para recuperar a la persona
desde la que forjaste tu yo actual y desde la que te convertirás en
tu yo en potencia. El estado utópico. El universo entero dentro de
un grano de arena. Casa.
jueves, 16 de mayo de 2013
Big Red Bus.
Desde los asientos de delante del piso de arriba de los buses londinenses, el camino se ve más amplio. Quizá es eso, ahora que pienso, lo que me ha empujado a emborronar de pensamientos algo translúcidos esta hoja en blanco.
Tengo el abrigo empapado porque nunca he sido mucho de prevenir, sino más bien de tener siempre una esperanza intrínseca en que la lluvia siempre acaba amainando.
Me gusta ver el paisaje desde esta ventana porque, a pesar de que el día es hoy gris en Londres -una ciudad que no parece saber de muchos más colores- las líneas de fuga me permiten mirar con perspectiva. Después de meses recogiendo platos sucios de otros, en sentido tanto literal como figurado, al fin mi tenacidad me conduce hacia unas prácticas en mi terreno. No sustituirán mis deberes en la hostelería pero servirán al menos de respuesta temporal a la pregunta ¿qué esperar cuando no sabes lo que te espera?. Y me doy cuenta de que no me espera nada que no vaya persiguiendo. Así que me bajo, me pongo a caminar y recuerdo que, a falta de paraguas, yo siempre llevo capucha.
Tengo el abrigo empapado porque nunca he sido mucho de prevenir, sino más bien de tener siempre una esperanza intrínseca en que la lluvia siempre acaba amainando.
Me gusta ver el paisaje desde esta ventana porque, a pesar de que el día es hoy gris en Londres -una ciudad que no parece saber de muchos más colores- las líneas de fuga me permiten mirar con perspectiva. Después de meses recogiendo platos sucios de otros, en sentido tanto literal como figurado, al fin mi tenacidad me conduce hacia unas prácticas en mi terreno. No sustituirán mis deberes en la hostelería pero servirán al menos de respuesta temporal a la pregunta ¿qué esperar cuando no sabes lo que te espera?. Y me doy cuenta de que no me espera nada que no vaya persiguiendo. Así que me bajo, me pongo a caminar y recuerdo que, a falta de paraguas, yo siempre llevo capucha.
martes, 5 de febrero de 2013
Al lugar donde has sido feliz...
Hace ya 118 días que te he dejado por
otra, que no duermo en tu cama, que me miro en el espejo de un baño
diferente al despertar. Ya no estás cuando abro la ventana para
airear mi habitación que huele aún a sueños con países lejanos; a
imaginar sin miedo, arropada en la almohada familiar.Te he cambiado por una más llena, más
grande, con más cultura. Tiene los labios rojos y lleva la falda muy
corta. Tú, conservadora y monótona, me seguías asfixiando. Aún
después de que el viento tuviera vía libre al haberte
derribado la muralla. Seguías siendo cárcel y libertad también.
Amor y odio.
Pero al cambiar de cama, sigo soñando
contigo. Y te lucho y me odias. Te añoro y te pienso fuerte. Y te
imagino con ese aire de indiferencia que llevas, el de aquel por
quien no pasa el tiempo.He subido por las faldas cortas y he
visto el gris cuando muere el rojo carmín.
Reconcíliame, acércate, abrázame el
corazón. Aquí, aún más al norte, hace mucho frío.
domingo, 13 de enero de 2013
Llévame
Llévame.
Contamínate de mi, deja que mi olor se
pegue a tu cuello y haz de él tu perfume diario
recuérdame así, fuerte y dulce y haz
de él en tu religión, tu escapulario.
...santifícame.
Llévame.
recógeme del suelo cuando mi locura se
haya ido
y haya muerto por dentro abandonada en
el hastío
...cuando me haya llenado de calma.
Llévame.
cuando veas en mis ojos que me pienso
sin delirio, sin sangre, sin prisa
y no reconozcas un atisbo de curiosidad
detrás de mi sonrisa
...entiérrame.
Si en lugar de puertas y ventanas
abiertas te hablo de murallas
y obstáculos, y barreras
infranqueables
si en lugar de viajera me vuelvo
turista
y duermo en lugar de soñar
...llévame
Cuando notes que se me han congelado
los labios, y mis caricias ya no queman por tu piel al pasar
porque beso con desgana y abrazo con
motivo
y en lugar de alma soy cuerpo
...llévame
cuando me sepa, me conozca del todo y
ya no huya de mí
cuando haya dejado de buscarme para
perderme entre el alud de corazones sin sangre
y vea gris la realidad porque ya no
pinto de colores los lugares
y pertenezca a la tierra estable
Apiádate, muerte, llévame.
domingo, 11 de noviembre de 2012
Las arrugas de Cronos
Paseando por cada poro de mi cuerpo,
mis dedos chocaron de repente contra una arruga. Era pequeña, tan
insignificante que a pesar de llevar ahí ya una temporada supo
esconderse lo bastante bien como para pasar inadvertida. Las arrugas
son las marcas de Cronos, enviadas especiales que informan de los
años que pasan. Llevan incrustados los días que hemos dejado atrás
y nos recuerdan lo efímero del tiempo, siempre cruel, irrecuperable,
incurable, perdido. Por eso nos empeñamos en luchar contra las
estrías de la piel, los pliegues ya implanchables, los tapamos con
planes de futuro, sueños utópicos, fiestas de madrugada y evitamos
las noches de sábado en casa. Negamos los horarios fijos, las
ciudades-casa definitivas, el saber llegar a fin de mes y las
cenas-escenario de conversaciones previsibles con muerte anunciada.
Evitamos cambiar el whisky por el vino, los besos calientes con la
boca entreabierta por esos cotidianos de labios húmedos y cerrados. Renegamos
del terminar el día en la noche y de empezar la vida en el altar. Tapamos las arrugas porque decimos "no" a rechazar a esa pasión que tiñe de rojo el blanco y negro y nos empuja a seguir los días; que nos lanza al vacío sin paracaídas para disfrutar del despliegue
de adrenalina que provoca la caída libre; esa que aunque duela al
final, aunque nos haga sangrar hasta la última de nuestras venas,
nos hace saber que compensa empeñar cien años de letargo por
saborear un minuto a la velocidad de una luz que hipnotiza.
sábado, 1 de septiembre de 2012
Blowing in the wind
Me siento en el muelle y huele a
salitre. Mis pies cuelgan sobre el agua y apoyo mientras los brazos
en la barandilla para no caer. Está sucia y teñida de verde musgo,
apenas se ve la superficie pero, aún así, aclara mis ideas. Hay
mucha gente que ha venido a lo mismo que yo. Veo a un chico mirando
hacia la nada, pensativo e inmerso en no sé qué pelea interior que
parece quitarle el aire. Cierro los ojos y pienso. Las piernas me
traen siempre aquí cuando me angustia el paso del tiempo y, a veces,
escribir no es suficiente cuando hay tanto de qué liberarse.
Venir aquí me recuerda que el tiempo
no es lineal, que a veces puedo volver atrás y adelante sólo
activando la memoria. Vuelven los días que pasé caminando de la
mano con mis padres, cuando la propia vida no había barrido aún mi
inocencia y no sabía que mi misma existencia iba a ser de por sí un
conflicto. No conocía aún la dulce tristeza de un recuerdo ya
intangible, o la ansiedad del tedio porque los juegos infantiles no
bastan ya para llenar velozmente los dias. No sabía que en realidad
las historias que nos vendía Disney eran sólo ficción, que ni los
besos te devuelven a la vida ni se muere tampoco por amor.
En mi mp3 canta Bob Dylan, y me dice
que la respuesta está flotando en el viento, aunque no sé muy bien
qué es lo que me pregunto, ni siquiera recuerdo ya por qué me he
sentado aquí. Supongo que la resaca siempre alimenta mi locura y me
nubla la vista, aunque siempre deja un poco de mi para que no me
pierda. Me gusta, en el fondo, esta especie de letargo en el que me
sume el desconcierto, abstraída. Lo que queda de mí es lo que está
mirando el muelle, pero hace tiempo que yo ya me he ido. Cuando me
evado no soporto lo terrenal y me resulta difícil lidiar con el
mundo.
Pero no importa, porque siempre podré
volver para dedicar media hora a esa parte de mi que no encaja en la
comodidad de lo cotidiano y que me aprieta a veces por dentro para
recordarme que no me olvide de que tengo un gran odio, hasta el punto
de que me desborda del pecho, a esa puta manía del tiempo de girar
en círculos, de primavera a invierno, haciendo que me parezca
siempre volver al mismo punto en el que siempre he estado.
Pero como hay cosas contra las que una
no puede luchar, me pondré el disfraz de banal, el de vivir con calma, el de
nadar a favor de la corriente, y en cinco minutos me levantaré y
actuaré como si esta media hora conmigo no hubiera existido.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

