sábado, 2 de junio de 2018

Cuba

El viaje se venía gestando desde hacía unos meses pero, como pasa con todas las cosas que se esperan con ansia, nadie se acababa de creer que fuera realmente a ocurrir. Pero febrero nos montó a los 20 en un avión rumbo la isla. Casi diez horas de vuelo y unas tres películas para matar el tiempo después, llegamos a La Habana.
El ambiente del aeropuerto era caótico, una larga espera para recoger el equipaje y nadie poniendo orden. Propio de los países del sur, en el que la potencia del sol hace creer a las personas que la prisa mata. Sin embargo, el bus que nos debía llevar al centro había sido puntual y rápidamente nos pusimos camino del hotel. La gente mirando por las ventanas, sacando las primeras fotos a los descapotables de todo tipo de colores chillones, reliquias americanas de los años 50 que en Cuba llaman “almendrones”.
Primera subida de adrenalina: el hotel estaba justo al pie del Malecón: olor a sal, música, gente bailando en la calle, chanclas y vestidos ajustados. Aquello era real, pero parecía una vuelta al pasado.
Ya era de noche y el cansancio del viaje nos tumbó enseguida, aunque el jet lag nos despertó cuando el resto de la ciudad dormía aún. Separamos las cortinas, abrimos las ventanas: edificios de colores, pintorescos, llamativos. La primera vez que salimos a la calle nos invade una sensación que ronda entre el entusiasmo propio y el que nos contagia la gente- y la pena de lo que todo aquello fue en su época y que ahora cae a pedazos.
La Habana está formada de muchas partes del mundo, aunque ser español parece una ventaja: “¡Ah, españoles! ¡Bienvenidos, ustedes que vienen de la madre patria!”. Todavía se nos hace raro que nos traten de ustedes cuando nos sentimos ya tan cercanos. El barrio de Miramar, que tiene su 5º Avenida, plasma los contrastes sociales y económicos y alberga la mayoría de las embajadas. Pero la presencia de Galicia, está aun en pleno casco histórico. En el Rosalía de Castro se puede disfrutar de conciertos casi cada noche cenando un arroz moro con camarones. Pero la estrella es, sin duda, el Centro Gallego, majestuoso, hecho en mármol, levantado por miles de emigrantes gallegos a los que hoy se les quiebra la voz recordando su historia, su unión de sangre con el país. Sede del Ballet Nacional de Cuba, en él habita además el Gran Teatro de la Habana y una escultura casi viva de Alicia Alonso lo llena de emoción y buen gusto.
Pero lo que enamora de Cuba no son sólo sus colores o el ambiente tropical, que a pesar del calor aplastante pone a cualquiera de buen humor, si no sus habitantes. Gente que no tiene posesiones, pero que sonríe a la vida -de hecho, quizás precisamente por eso-. Una siesta en el campo, estar sentados a la sombra de un árbol, un trago de cerveza “Cristal” bien fresco y un poco de salsa. Una se sentía casi estúpida por esas frustraciones que provocan el que no te de el sueldo para el último modelo de teléfono Apple y quedarse así fuera de onda. Problemas del primer mundo. De allí, nos llevamos una lección que seguro olvidaremos cada día pero que tendremos presente. Nos la enseñó una madre que iba a por tickets para el último cartón de leche que le correspondía ese mes: “Escuchen, la peor maldición del hombre, aquí y en cualquier parte del mundo, es el dinero.”

domingo, 15 de abril de 2018

La vista atrás.

No tenía demasiado claro adónde iba, aunque tampoco lo tengo ahora. Cumplía 24 años y era la segunda vez que decidía marcharme a otro lugar, que resultaba ser de nuevo Inglaterra. El viaje había surgido de un día cualquiera en una conversación a las 4 de la mañana en un desván. Fue de estas cosas que dices y que parece que lanzas al aire al tuntún pero por dentro sabes que podrían hacerse realidad. Y de repente, ahí estás, en la página de Vueling. En un 23 de septiembre de hace unos 6 años empezó la aventura de todo lo que está escrito. Las cosas fueron cambiando pero es bonito girarse hacia el pasado a veces para recordar lo que se tuvo y pedirle al futuro más y nunca menos. Ya que estamos, haré un guiño dando gracias porque por aquel entonces todos los días cualquiera eran en realidad extraordinarios. Tener en cuenta mi pasado ha condicionado mi presente. Pienso muchas veces en todas las vidas que  no escogí. Podía haberme quedado en un eterno Hollydale Road, la vida era bonita aunque me levantase a las 4 de la mañana para hacer camas en el Hilton o fregar los platos de pijos ricachones. Al final, fueron lecciones de humildad que me han llevado a ser quién soy. Podría haber seguido en Tánger y levantarme a desayunar en aquella enorme terraza de una casa en la que vivía sola porque me lo podía permitir. Y ver Tarifa desde allí y ser consciente de lo injusto que es no poder elegir donde naces, pero tampoco dónde quieres vivir. Hoy trabajo para que esas fronteras se acorten un poco más, aunque sé que solo ponemos tapones.
La chica que caminaba hacia el Bill's en su 24 cumpleaños no sabía que del norte viajaría al sur y se enamoraría de un país que no era el suyo y de alguien que no era para ella. Pero en los tiempos de la foto ya tenía un país propio que le abría la puerta al llegar del trabajo. Seguro que precisamente esos detalles guardados en su corazón le impidieron años más tarde quedarse atrapada en Rabat, casarse, vivir en un amor con barrotes invisibles, pero palpitantes. Menos mal que la chica que vivía al otro lado del estrecho se acordó de que no era ese amor, el que le habían enseñado. Y entonces, aquello que casi se hizo realidad, se convirtió en otra vida que no eligió, escapando rumbo Nueva York con mil nostalgias y dudas en la maleta y pensando que todo aquello estaba escrito. Tiempo después, se grabó el destino en la piel para nunca perder la confianza a manos de uno de los pilares que sostuvieron sus decisiones importantes, desde el recuerdo-otro guiño de gracias-.
Hoy, mirando esta foto, recuerdo que el futuro es siempre demasiado incierto para planes, pero que la memoria del corazón hace grandes las experiencias del recuerdo para que podamos sobrellevar la incertidumbre y confiar en que lo haremos bien. No podía saber de aquella todo lo que vino después, ni lo feliz que he sido ni lo que he sufrido tampoco, pero hoy me siento en paz. Tan en paz que ya no tengo ganas de hacer maletas, ni se me hace un nudo al mirar atrás. Hasta le he perdonado. Me he perdonado.

viernes, 26 de enero de 2018

Kintsugi

Fue él quien me lo dijo, que no contase nada a nadie, que guardase para mí todos mis secretos, que cuidado con los ojos de la envidia. Que todos poco y nada nadie, que al final estás sólo. La culpa, por supuesto, fue mía, porque estaba empeñada en que me quisiera y al final lo conseguí. Con el tiempo llegué a entender -y hasta hace unos días lo había olvidado- que existen personas que sólo viven el amor por la boca. Y al final, ese “nadie”, era él.

Es un don y una desgracia, actuar como si todos pudieran sentir y percibir al mismo nivel. La cara A, un rato antes de acostarse, pero poner en activo la B para moverse entre la gente. Los hay que jamás podrían morir de pena o doblarse la vida de felicidad. Estos últimos nos duelen, pero matándonos nos nacen y volvemos a la vida conscientes de la suerte de poder sentir con tanta fuerza y saber así que estamos vivos.

Pasaron las cosas que tenían que pasar, y tanto luché contra lo que la vida me decía que al final me obligó a dejarme llevar. No hubo remedio, tuve que creer en el destino y cobró tanto significado que me lo grabé con tinta en la piel para mirarlo a los ojos cada vez que pierdo la fe, la única digna de confianza, en la atrevida aventura de vivir por encima de lo corriente.

Poco encuentro en Europa que me sea de utilidad para cuando intento ponerme a escribir. Pero una amiga me recordó hace poco la cultura japonesa, como podría haber sido cualquier otra que se cultive por dentro -en occidente fabricamos relojes a toda prisa y de todas maneras no tenemos tiempo para pararnos a pensar. Leyendo encontré “Kintsugi”: el arte de reparar objetos rotos, uniendo las grietas con oro. Nuestras historias, el pasado, pero sobretodo la manera de afrontarlo y repararlo, nos enaltece. Nuestra fragilidad, después de rota, se puede hacer fuerte y bonita. 


domingo, 27 de agosto de 2017

A ellas.

 Cuando llegué a Nueva York no podía ni imaginarme la suerte que iba a tener. Este post no va a ir sobre la nostalgia de lo que dejo atrás ni va a ser tan triste como la despedida que le dediqué a la última vida que decidí cambiar. Este post quiere ser alegre, por vosotras, por la ciudad, por un año de risas y a veces también de penas bien llevadas porque nos teníamos de soporte. Construimos una familia, fuimos un puzzle, el equilibrio perfecto. Un conjunto de piezas bien armadas que siguen casando bien cuando se intercambian. Leyre es la seguridad, vela por que no nos perdamos, por que las cosas se encaucen y que cada plan que hagamos juntas salga bien. Es también un abanico de emociones, que ríe y llora a la vez cuando hace una semana que no nos ve. Es niña y adulta al mismo tiempo y será siempre amiga, pareja, profesional y madre algún día, todo a la vez sin que nada quede desatendido. Cómo me gustan sus abrazos a las 8 de la mañana, traspasando energía.
Con Patri nunca me espero como voy a acabar el día, ella es ternura debajo del flow. Tiene una imaginación gráfica capaz de dibujar escenas surrealistas a partir de la imagen más rutinaria. Supe que conectaría con ella cuando la escuché tararear la música de Mario Bross al entrar en el metro y me dijo que imaginaba a la gente moviéndose mecánicamente como dentro del videojuego. Ahora tengo otra idea de la gente cuando la miro entrando y saliendo de túneles grises. Patri los hizo verdes y rojos y van al ritmo de la música. Ella pone color a la vida y vida a las cosas y no hay nada que no pueda tener algo de gracia si lo ves a través de ella. Es una perfecta pincelada para un día gris.
Marta, con su inteligencia emocional superdotada, es pura libra. Por un lado equilibrio y sensatez, no hay nada que pueda ser blanco o negro, todo podría estar bien, según lo mires. Es mediadora y juicio justo, ella es a quien acudimos en decisiones importantes o que no lo son tanto, porque es sabia y es temple. En Marta me vi reflejada mil veces, sabe lo que es tener tristeza de todas las vidas que no eligió pero sentir que las decisiones han sido sólo suyas y que las ha exprimido al máximo. Aprecia una buena conversación porque sabe que es lo que se llevará al final y siempre quiere seguir aprendiendo. Ama la vida y se le nota cuando baila y se apodera de la sala entera.

En cuanto a mi, espero haber sido calma. Que no es que nada importe, si no que nada es lo suficientemente importante como para dejar que nos estropee todo lo que está por llegar. Espero haberos dicho cuanto os quiero y lo bonitas que sois las veces suficientes. Porque si algo he aprendido de llevar tantos años una vida itinerante es lo importante de dejar esto claro cada día, para que no llegue un día en el que piense que no os abracé lo suficiente, que no os lo hice sentir de verdad.

Claro que me da pena dejar Nueva York. Es, sin duda, la mejor ciudad del mundo. Todas las culturas reunidas en una sola comunidad. Pero ya no puedo seguir con las despedidas, ya me pesan demasiado y ya no puedo permitirme echar raíces otra vez para arrancármelas al año siguiente y que cada año que pasa se me caiga el alma a los pies. Ya no puedo seguir con el oficio de ser nueva en esta o aquella ciudad. Pero si vosotras aun no sentís que estáis lo suficientemente llenas para volver -cada una a donde le pida el corazón- entonces seguid aprovechando cada momento con esa energía que desprendéis y contagiáis, para que sigáis haciéndole la vida un poco más bonita a cada personaje de esta ciudad que se cruza con vosotras. Queréos mucho, niñas, y que os vean bien caminar en esta jungla de cemento que ya se rinde a vuestros pies. Estáis para que tiemblen las aceras del gusto.

Nos comimos el mundo, nos bebimos la vida. Me voy con tristeza, pero qué bonita es en realidad y que horrible sería marcharse sin pena ni gloria.

Nos veremos en una segunda parte, en mi tierra prometida que os estoy deseando enseñar.


GRACIAS.


miércoles, 17 de mayo de 2017

Las cosas que me cuesta decir.

Paso los controles del aeropuerto y lo hago práctica, automática, metódica. Atravieso el detector de metales bajo la mirada rutinaria del que me inspecciona -es rutinaria, no acusadora ni expectante, la del trabajo diario-. Pienso precisamente en eso, imagino al agente hace veinte años, excitado, nervioso, la seguridad de mucha gente depende de su trabajo. Hoy, sólo es pasividad.

Y así me he visto: pendientes, colgante, reloj, cinturón, zapatos. No lo pienso, es igual que todas las veces anteriores, y paso el control sin que ninguno de los dos nos dediquemos una mirada. Entonces escucho a los chicos de atrás, sacos de nervios de unos 18 años: todo saldrá bien, lo hemos organizado, líquidos aparte, tiempo de sobra, seremos los primeros en la cola de la puerta de embarque. Los miro un poco más tarde, en el instante en que llaman para que comencemos a entrar, pero yo estoy sentada. No me molesto en levantarme. Recuerdo cuando cogí un avión por primera vez, el aeropuerto era una ciudad con entradas y salidas a varias dimensiones, gente de todo tipo cruzando a destinos que imaginé recorrer uno a uno. Pasaba el control nerviosa, la mirada rutinaria era para mí acusadora y por supuesto era la primera en la fila, como si eso fuera a aligerar el tiempo.

Hoy de nuevo pendientes, colgante, reloj, cinturón, zapatos, sentada en los bancos de la puerta de embarque, no pienso molestarme en arrastrar la maleta durante toda la cola. Y ahora me pregunto si, perdida la adrenalina, sigue mereciendo la pena. Una de las cosas que me cuesta decir.
Aquí estoy, sentada esperando ocho horas de vuelo. Menos mal que me acordé de coger la libreta que reza “la vida puede ser maravillosa” que me regaló mi hermana para que no se me escapasen los momentos de inspiración, o de alegría extrema, tristeza extrema, melancolía, o cualquier sentimiento que me dé ganas de escribir. Ella, entre las personas que me conocen de verdad.

Vuelvo de diez días en casa, de empaparme el corazón y de lluvia en el pelo. Olía a hierba fresca, recién cortada, y a eucalipto. Todo era diferente esta vez, aunque igual. El zumo de naranja de por la mañana, mi madre preparándolo todo a la perfección aún con los ojos cerrados y mi padre viéndonos sin tener que mirar. Por la piel de mi abuelo se acumula cada vez más el tiempo, pero en sus ojos se puede ver cómo abraza la vida. Y a nosotras como si nunca hubiéramos crecido.
El muelle, ese escenario con un cielo que nunca es gris, si no azul oscuro, amarillo, blanco y rojo, todos a la vez dan la impresión de que va a llover, pero nosotros sabemos que no. Sabemos cuando aguanta y cuando va a explotar, porque lo tenemos interiorizado de toda la vida. Como sabemos en qué playa hará viento y en cuál se va a estar bien o cuando está subiendo y bajando la marea. Reconozco mi acento y sé de qué me habla la gente cuando menciona cosas que solían estar y personas que ya se han marchado, pero que eran “míticas” en esa ciudad -que no pueblo- en el que se supone que perder es lo normal.

Quizás haya sido también diferente esta vez porque sin esperarlo, aunque sin haber dejado de pensarlo nunca desde que me fui, cambió la banda sonora. Escuché en bucle el primer CD de Dover y también Coldplay entre baños de espuma. Me sorprendió una selva de monos rotos, peces y conejos de chocolate que me hicieron temblar la boca y la vida como si el tiempo se hubiera detenido en aquella tarde-noche en la que me bañé en el mar a pesar del frío y todo cambió de repente. Otra de las cosas que me cuesta decir, sobretodo a kilómetros de distancia.

Yo pude escapar pero, muy al contrario, he prometido volver y quizás note en la piel de gallina que se me pone con la canción de los limones que sonaba a última hora del West Saloon, que quizás vaya siendo hora. Soñar muy fuerte, ir y venir, darse cuenta de que el paraíso está en el origen. Donde se acaba el mar.






viernes, 10 de marzo de 2017

Nueva York no me pregunta quién soy.


¿No te resulta difícil cambiar de vida? ¿No te preguntas cómo sería tu vida paralela? Me preguntaba ella, una de ellas, de las que hacen que ir a trabajar no sea una carga. Pensaba mientras hablábamos en aquelarre, a veces para emocionarnos y otras para reírnos hasta llorar. Me hacía esa pregunta suponiendo que iba a entenderla, porque yo también he hecho y re-hecho las maletas una y otra vez. Imaginaba su vida en Roma, con su núcleo duro, probablemente compartiendo un par de copas. Bruselas, con el que creo ha sido el amor de su vida, Madrid, casa, el calor de los padres por los que hoy deja caer una lágrima. ¿Dónde están todas esas chicas? ¿Sigue una de ellas paseando por el Retiro?

“¿Cómo vivir tantas vidas sin tener que morir tantas muertes?” Alguien, pensando en esto, inventó la palabra “otrarse”, hacerse otro. Otra vez un sólo idioma se me queda corto.

Hay siempre una parte de mi que resiste, pero lo cierto es que me voy amoldando. Vuelvo a casa y re-reconozco la Calle Real, la primera de las vidas, la más fuerte porque es la raíz. En ella me forjé y a partir de ella nacieron todas las demás. Es mi base, la Sara que nació en Ferrol. Nada queda, por otro lado, de aquella de Londres, a parte de una parte de ella que sigue viviendo en una eterna Hollydale Road de Peckham.

Corazón Árabe, me dijo dando en la Diana. ¿Qué es lo que te gusta? ¿Por qué te sientes así? No lo sé. Está dentro. Aun no he podido arrancarme esa mano de Fátima, que encarecidamente me recomendaban llevar siempre al cuello, no fuera que una Chiwafa me echase (o me echare, en futuro subjuntivo) un mal de ojo. Coger ese avión, dejar el Maghreb, aterrizar en Madrid y subirme en aquel bus para continuar rumbo al norte fue como estar en la luz y caminar arrastrada hacia un agujero negro, por mi bien. Fue el ocaso y de repente oscuridad.

Nueva York llegó con su amanecer y creo que le he caído bien. Camino por Astoria y empiezo a sentir que soy parte del barrio. El otro día caminando por Brooklyn me encontré de repente en un barrio judío. No era un escenario, no eran un par de tiendas y gente haciendo el paripé. Era Israel, a pesar de que nunca he estado allí (aún). Fue un viaje a través de un portal tele-transportador, de esos que salen en las pelis americanas. Todo aquí es realidad, no hay Chroma Key como nos quieren hacer creer. Así es. Así lo venden.. Total, que yo miraba perpleja todo a mi alrededor, los hombres con sombreros gigantes de pelo y las mujeres con sus faldas por la rodilla y sus medias color carne. Y los carteles en hebreo, de repente ya no existía el inglés. No era la primera vez, cuando fui a visitar el barrio de Harlem me encontré de repente en algún lugar de África.

Y lo que más me llamó la atención de todo esto, es que nadie me miraba a mi. Yo no sobresalía, como lo haría para mi uno de ellos en medio de la Plaza de Armas. “Mírale, que raro, lleva puesto esto y lo otro y anda diferente”. Esto no pasa en Nueva York. New York City no me juzga, no sabe que en la vida perdí tres aviones, o que soy tan despistada que no oigo cuando me hablan. No sabe que hice el ridículo porque estaba enamorada ni que dejé parte de mi dignidad entre alguna que otra sábana. No es que no lo sepa, es que ni le interesa. Le importan un bledo mis heridas por cerrar y de las que ya no quedan cicatrices. Le cuento sobre mi época de instituto y se ríe porque es agua pasada y eso siempre te da licencia para reírte, ya no importa. No sabe de mi, así que sólo escucha. Me saluda por la mañana al cruzar la calle, a través de la señora que controla el tráfico, a la que nunca he visto la cara porque hasta ahora sólo la he conocido en invierno. Todos los extraños del metro, algunos ya sonriendo mientras miran el móvil, quizás un bonito mensaje de buenos días. Otros con cara de querer cambiar de trabajo y otros van en duermevela aún. De vez en cuando cruzo un par de palabras, procuro siempre sonreír porque sé que la primera actitud que recibes en el día condiciona las restantes 23h 59min. La gente de la ciudad lo sabe, estoy segura, por su natural amabilidad. Para ellos soy otra chica del metro. Para el chico del supermercado, una de esas historias que suceden en Manhattan, pero que también tendrá que inventar de mi una nueva versión.

Nueva York se abre ante mi y no me pregunta quién soy. Y por eso me gusta. Por eso y por la bendita mantequilla de cacahuete, God Bless America por el peanut butter.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Un helado gratis.

Llegue aquí con cara de rechazo, estaba enfadada con la ciudad, con el país entero! Por haberme arrancado del castillo en el que vivía, feliz, como todo el mundo ya sabe. Debía ser realmente palpable porque nunca en la vida me había pasado que me encontrase con gente aleatoria por la calle y me dijeran lo contenta que parecía a simple lectura de algún que otro “post” en Facebook o mi sonrisa permanente en las fotografías. Yo, sonriendo en fotografías, con lo que odio mi colmillo torcido con el que ya nací.
Pero Nueva York ha tenido compasión de mi, desde que puse un pie en su tierra, cansada con 60 kilos de maletas -el año se presenta largo y con estaciones muy marcadas, así que una siempre llena el bagage de “por si acasos”-. Cogí un taxi al llegar, porque traía contracturas en la espalda, por todo el peso que cargué, el de las maletas y el que sobrepasa lo físico. Pero el taxista era latino y tenía ese carácter cálido y agradable que tienen las personas que han nacido bajo el sol. La República del Salvador debe ser un lugar fácil para echar raíces. Se sorprendió porque me senté de copilota, no me gusta establecer esa distancia que se supone que se debe mantener en una relación negocio-cliente, cuando de personas se trata y venía acostumbrada a tener largas e interesantes conversaciones en transporte público, así que me até a mi actitud del sur. Me dijo que la ciudad (así llaman a Manhattan, “La ciudad”, como si fuera la única en el mundo, con nombre propio y mayúsculas) me enamoraría y la odiaría a la vez, me daría tanto y me quitaría tanto que al final me costaría marcharme también. Ciudades de tacones altos y mocos negros, tan tóxicas como cualquier relación de las de una de cal y otra de arena.
Llegué a mi hostal -para que se me entienda, porque Airb&b aún no está demasiado extendido- y la cama era cómoda y la luz tenue, así que caí rendida por el cansancio y el cambio de hora.
Al día siguiente cogí fuerzas y me levanté para descubrir Astoria. Elegí hospedarme ahí para buscar piso por la zona, porque investigando en internet parecía lo más asequible-cercano al trabajo. El barrio no está amurallado ni pintado de azul, pero está poblado de gente de todas partes del mundo. No sabía si comer en un restaurante chino, griego, libanés, colombiano.. al final, por supuesto, me decanté por las especias y me senté en un mexicano, uno de verdad, picante con comida, sentí como falsamente se me hacían yagas en la boca. Pero simpaticé con los camareros y el postre fue a cuenta de la casa.
He caído en un piso muy americano, en realidad es una casita, y he descubierto a Jane. Acaba de llegar de Israel, le fascina Oriente Medio, la astrología (me adivinó que soy libra tras 10 minutos de conversación). Tiene 35 años y un gran bagage que nos mantiene hablando durante horas.
Ya he pasado aquí mi 28 cumpleaños. Salió el sol y la temperatura no bajo de 20 grados, sólo durante todo el día 10 de octubre, el 9 y el 11 fueron lluviosos y gélidos. Otra vez, por mantenerme fiel a las costumbres adquiridas, regateé un helado, enseñé mi pasaporte para constatar el día que era, el mio, así que al final me salió gratis. Un helado de yogur -porque me pienso que así no engorda- con mil toppings por valor de 7 dólares (precio por peso de 700 gramos de yogur, chocolate y galletas). Fuí al museo de Historia Natural con gente que me he ido encontrando, es agradable hablar con gente aún virgen en la ciudad, y me di un paseo desde la teoría del Big Ben hasta los tiempos contemporáneos. Pensé: no somos nada. En realidad soy solo un trozo de partícula que un día explotó en el espacio y que aún sigue rotando por el planeta tierra. Pensé que estoy hecha de trocitos de todos los restos de átomos rodantes que voy conociendo y por supuesto pensé en mi lugar en el mundo etc.. qué fácil sería creer en Dios.
A veces, cuando me pongo triste, pienso en mi padre . Pienso en cómo crees tan firmemente que estamos dentro de una cadena de almas que se complementan para crecer por dentro. En cómo me viste con la mía rota cuando volví de Marruecos y me recordaste que estamos en constante evolución, que la vida te lo enseña y te lo pone en bandeja y te fuerza de alguna manera a seguir el camino. Cómo debo encontrar el equilibrio para no provocar accidentes de trenes y desastres naturales cada vez que viajo y cómo es imprescindible desprenderse del apego para continuar. Pero el recuerdo me sigue acechando cada noche y me sigo levantando algo desorientada, como que no sé en qué cama estoy o si hay alguien a mi lado.
Quizás Nueva York me tenga respeto. Quizás si es verdad que tengo que controlar mis energías y se está portando bien conmigo. Regalándome helados, haciendo que su gente me sonría por la calle, que suene música en el metro a las 8 de la mañana porque alguien se ha levantado inspirado tocando la guitarra y me haya depositado en una casa a 7 minutos del trabajo con Jane.

Por todos los regalos de bienvenida, voy a darle una oportunidad.